
Alejandro sintió que algo le apretaba el pecho.
Roberto no era cualquier empleado.
Era su director de operaciones.
Su amigo desde hacía casi quince años.
El hombre que supervisaba personalmente aquel edificio.
—¿Cuándo recibió esto?
—Hace dos meses.
—¿Por qué no llamó a la oficina?
Mariana lo miró fijamente.
—Llamé.
Esa respuesta lo desconcertó.
—¿Con quién habló?
—Con varias personas. Después me comunicaron con el señor Salgado.
Alejandro levantó lentamente la vista.
—¿Y qué le dijo?
—Que usted había decidido remodelar todo el edificio. Que los departamentos con rentas antiguas ya no eran rentables y que tarde o temprano todos tendríamos que salir.
Alejandro sintió un golpe de rabia.
Él había considerado renovar algunas áreas del inmueble, sí.
Pero nunca había autorizado desalojar familias.
Mucho menos de aquella manera.
—Eso es mentira.
—Yo también pensé que podía serlo.
Mariana caminó hasta un cajón y sacó una carpeta de plástico.
Dentro había recibos, copias y hojas impresas.
—Entonces empezaron las cosas raras.
Puso el primer papel sobre la mesa.
Era un recibo de renta.
—Durante cinco años pagué puntualmente. Siempre.
Sacó otro.
—Después me dijeron que ya no podía depositar en la cuenta habitual.
Otro papel.
—Me dieron una CLABE distinta.
Alejandro tomó el comprobante.
Reconocía el nombre comercial.
Pero la cuenta bancaria no era una de las cuentas que recordaba de la empresa.
—¿Cuánto depositó aquí?
—Dos meses completos.
Alejandro levantó la mirada de golpe.
—¿Dos?
—Sí.
—Pero en nuestro sistema usted aparece con tres meses vencidos.
Mariana negó con la cabeza.
—Eso es imposible.
Fue por su teléfono.
Buscó entre fotografías y se lo entregó.
Ahí estaban.
Dos transferencias.
$6,200 pesos cada una.
Ambas realizadas a la cuenta indicada por la administración.
Alejandro sintió frío.
La deuda no era de tres meses.
Al menos dos pagos habían desaparecido.
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