
algo de dinero cada quincena.
Mi esposa, Verónica, trabajaba en una clínica dental. Yo salía antes de que amaneciera y regresaba cuando la casa ya olía a cena recalentada. Nuestra hija, Lucía, tenía 15 años y últimamente parecía vivir detrás de una puerta cerrada.
Yo decía: “Es la edad”.
Comía poco. Contestaba con frases cortas. Se encerraba sin música, sin llamadas, sin reírse como antes. Pero yo siempre encontraba una excusa para no ver demasiado.
Esa noche le conté a Verónica lo que dijo la vecina. Ella dejó su bolsa en el sillón y suspiró.
—La gente sola oye cosas. No hagas caso, Tomás.
Quise creerle. Era más fácil.
Pero dos días después, Doña Estela volvió a esperarme.
—Hoy gritó más fuerte —me dijo, con la cara pálida—. Decía: “Por favor, ya déjenme”. Usted tiene que revisar.
Esa noche subí al cuarto de Lucía. Estaba sentada en su cama, con
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