
Sergio apoyó una rodilla en su espalda.
—Debió levantarse cuando se lo dije.
A veinte metros, Javier Robles se quedó inmóvil.
La pelota cayó a sus pies.
Ahora sí.
Ahora recordaba esa cara.
Siete años atrás.
Una investigación interna.
Un joven agente acusado falsamente por un superior corrupto.
Su carrera a punto de morir.
Y un hombre de la Agencia Nacional entrando en la sala y diciendo:
“Desde este momento, este caso lo llevo yo.”
Ese hombre había salvado a Javier.
Ese hombre era Manuel Rivas.
El mismo Manuel Rivas que ahora estaba de rodillas en el parque.
—Dios mío —susurró Javier.
Sacó su cámara corporal de bolsillo, una costumbre que nunca había perdido, y la encendió.
Mientras tanto, un coche oficial se detuvo junto a la acera.
Bajó la ventanilla.
Era Alberto Flores, concejal del municipio.
—Inspector, ¿todo bajo control?
Ricardo se enderezó.
—Sí, señor concejal. Un problema menor. Allanamiento y desobediencia.
Alberto miró a don Manuel esposado en el suelo.
Por un instante pareció reconocerlo.
Pero decidió no hacerlo.
—Bien. Hay que mantener este parque seguro.
Subió la ventanilla y se marchó.
Sergio levantó a don Manuel de un tirón y lo llevó hacia el coche patrulla.
La gente abrió paso.
Móviles en alto.
Cuarenta cámaras grabando.
La niña que lloraba se soltó de su madre y preguntó:
—Mamá, ¿ese señor es malo?
La madre, con lágrimas en la cara, negó.
—No, cariño. No es malo.
Sergio abrió la puerta trasera del coche.
Puso la mano sobre la cabeza de don Manuel y lo empujó hacia dentro.
Pero lo hizo mal.
A propósito.
La frente de don Manuel chocó contra el marco.
Toc.
—Cuidado con la cabeza, abuelo —dijo Sergio, con una sonrisa.
La puerta se cerró.
Metal contra metal.
Don Manuel quedó sentado atrás, esposado, tranquilo.
Como si estuviera esperando el autobús.
Sergio se sentó al volante.
Ricardo, a su lado.
—Central, aquí Molina. Un detenido por desobediencia, alteración del orden y resistencia. Camino a comisaría.
La radio respondió:
—Recibido.
Hubo una pequeña pausa.
Una duda.
Porque tres minutos antes, una operadora había recibido una llamada extraña de alguien que decía hablar en nombre de la Agencia Nacional preguntando por el director Rivas.
Ella pensó que era una broma.
Ahora ya no estaba tan segura.
En el asiento trasero, don Manuel miraba hacia delante.
Sergio lo observó por el retrovisor.
—¿Cómodo? Seguro que no está acostumbrado a ir en patrulla.
Don Manuel no contestó.
Ricardo preguntó:
—¿Le sacaste identificación?
—Nada. Ni cartera, ni móvil. Sospechoso.
Mentira.
El móvil estaba en el bolsillo interior del chaleco de don Manuel.
Sergio no lo había encontrado.
Don Manuel lo sabía.
Y no dijo nada.
Esperaba.
Sergio volvió a mirarlo.
—La gente como usted siempre cree que puede salirse con la suya. Hoy no.
Don Manuel habló por primera vez desde que arrancaron.
—Agente Molina, cuando lleguemos a comisaría, revise mis huellas con mucho cuidado.
Sergio soltó una carcajada.
—Eso haremos. Y cuando salgan limpias, igual le caerán los cargos.
Don Manuel se recostó.
Su voz ya no sonaba como la de un hombre indefenso.
Sonaba como una puerta cerrándose.
—Cuando esas huellas salgan en pantalla, usted necesitará un representante sindical y un abogado excelente.
Ricardo se removió incómodo.
—Molina, conduce.
La radio volvió a sonar.
—Todas las unidades, enlace federal solicita contacto urgente con comisaría por posible prioridad…
Ricardo estiró la mano y bajó el volumen a cero.
—Interferencias.
Sergio asintió.
Porque los agentes jóvenes confían en sus jefes.
Ese fue su segundo error.
Llegaron a comisaría ocho minutos después.
Sergio sacó a don Manuel del coche de un tirón.
Lo llevó por el pasillo principal, pasando junto a otros agentes que apenas miraron.
Para ellos era rutina.
Un detenido más.
Un sábado más.
Pero la agente Marta Salas, de guardia en recepción, observó la cara de don Manuel y sintió algo raro.
No miedo.
No rabia.
Calma.
Una calma demasiado grande para un hombre esposado injustamente.
—Inspector —preguntó—, ¿cuáles son los cargos?
Ricardo no se detuvo.
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