
Joaquín miró la alacena. Después miró a Brenda. Luego tomó su taza de café, se levantó y salió de la cocina sin decir una palabra.
Mi hermana se quedó mirando la puerta por donde se había ido.
—¿Y a este qué le pasa?
Cerré la puerta de la alacena que ella había dejado abierta.
—Tú. Tú le pasas.
Se rió. No con vergüenza, ni con culpa. Con esa risita incrédula de quien piensa que estás exagerando. Y en ese momento algo dentro de mí se rompió.
Cómo llegó Brenda a nuestra casa
Dos semanas antes, Brenda había aparecido en la puerta de nuestra casa en Querétaro con dos maletas, el rímel corrido y menos de 4.000 pesos en la cuenta. Leandro, su novio de siete años, había terminado la relación y le había pedido que dejara el departamento. Eso fue todo lo que quiso contarme.
No le pregunté si tenía para un hotel ni si alguna amiga podía recibirla. Vi a mi hermanita con toda su vida metida en dos maletas y agarré una. Joaquín salió y agarró la otra.
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