La voz de Shiaoza ya no era la del tipo intocable que se creía el mero mero de todo el edificio. Se le quebró machin, dejándole salir un hilito de pánico que por más que le buscó, no pudo disimular.

Jang se quedó ahí parada, con el brazo medio alzado y ese reloj de cerámica blanca brillando bien gacho bajo la luz de los reflectores. Se le quedó viendo a Shiaoza esperando que me pusiera en mi lugar de un jalón, que llamara a los de seguridad y me mandara a la fregada con todo y mi dignidad. Pero él ni volteaba a verme.

Tenía la mirada clavada directo en el reloj, como si fuera una bomba de tiempo a punto de tronarle en la jeta.

—¿Shiaoza? —susurró ella, perdiendo de golpe toda esa vibra de creída que se cargaba—. ¿Qué trae esta vieja? ¿Qué onda?

—A mi oficina. Ahorita. Las dos —soltó él entre dientes, tan quedito que apenas si se oyó, pero con un coraje que hizo que todos los chalanes del pasillo se abrieran de volada. Nadie se atrevía a decir ni pío.

—¿A tu oficina para qué? —le solté yo sin moverme ni un pelo, bien fría y serena—. ¿Por qué tan escondiditos? Hace medio minuto esta chava quería armarme un escándalo enfrente de medio mundo para darme clases de jerarquía. Pues de una vez, arre, aquí mismo.

—¡Ya párale! —me tiró el manotazo, agarrándome del brazo con demasiada fuerza.

Le clavé los ojos directo en su mano hasta que le cayó el veinte de la regada que estaba dando. La soltó de volada, consciente de que media empresa no le quitaba la vista de encima.

—A mí no me vuelves a poner una mano encima —le advertí cortito y al pie—. Y no te equivoques, cabrón, esto no se va a arreglar nomás porque tú lo digas.

Dio media vuelta y salió hecho un tiro rumbo a su despacho. Jang se fue pegadita a sus talones con los tacones tambaleándole en el piso, volteando con cara de susto a cada rato. Yo me fui con calma, bien parada y con la frente en alto, dejando atrás a una bola de empleados que en ese instante se dieron cuenta de que el imperio del patrón se estaba cayendo a pedazos.

En cuanto se azotó la puerta de la oficina, Shiaoza se volteó como fiera. Ya no tenía nada de color en la cara.

—¿Estás pendeja o qué te pasa? —le rugió a Jang—. ¡Te dije mil veces que no te pusieras ese pinche reloj en este edificio! ¡Jamás!

A Jang se le fue el alma al suelo. Instintivamente se tapó la muñeca con la otra mano, queriendo esconder la joyita que hace dos minutos andaba presumiendo como trofeo.

—Tú… tú me dijiste que era un regalo bien especial —balbuceó toda sacada de onda, temblándole la voz—. Dijiste que era por mi esfuerzo y dedicación. ¿Por qué me estás gritando a mí? ¡La que se pasó de lista fue ella! ¡Se metió a tu elevador!

—¡Cállate el hocico! —le gritó tan duro que hasta retumbaron los ventanales.

Me recargué en uno de los sillones de piel a mirarlos como si estuviera viendo una novela. No había nada más entretenido que ver cómo una sarta de mentiras de diez años empezaba a desmoronarse por una tarugada.

—Ese reloj ni era para ti, mija —le solté despacito, saboreando cada palabra—. Es una pieza de diseño traída derechito de Suiza. Detrás trae grabadas las iniciales de mi suegra, Eleanor. Shiaoza me juró que se lo había entregado por su cumpleaños hace tres meses, y que hasta había chillado de la emoción al abrirlo.

Volteé a ver a mi flamante marido.

—Pero nunca se lo diste, ¿verdad? Sabías perfectamente lo que significaba ese detalle para Eleanor. Y aun así se lo regalaste a esta tipa. ¿Por qué? ¿Qué vela tiene en el entierro, Shiaoza?

—No es lo que piensas, neta que no —dijo atragantándose con sus propias palabras, tratando de agarrar aire. La típica excusa de macho cachado en la maroma, solo que sus ojos no eran de culpa por andar de ojo alegre… eran de puro terror por el fraude tan perrón que se le estaba cayendo.

—¿Pues entonces qué demonios es? —le dije dando un paso hacia él—. Porque o me cantas la neta derechita o le marco a Eleanor ahorita mismo. Yo creo que a tu jefa le va a encantar saber dónde terminó su regalito… y quién es esta escuincla que metiste en nómina con puesto de jefa de la noche a la mañana.

—¡No! —gritó él en seco, con un pánico tan cabrón que hasta Jang se echó para atrás del susto—. Con mi mamá no te metas. La señora está enferma, no le puedes meter este estrés.

—¿A poco tanto le tienes miedo a tu madre, Shiaoza? —le susurré, cazándole cada gesto—. ¿O la bronca no es su salud, sino lo que va a destapar en cuanto ponga un pie en esta empresa?

El silencio que cayó estuvo más pesado que una lápida.

Jang nomás se nos quedaba viendo a uno y a otro, empezando a caer en la cuenta de que no era ni la consentida ni la protegida de nadie, sino una ficha más de cambio… un estorbo que el señor traía cortito para que no le hiciera ruido.

—Sácate de aquí —le ordenó Shiaoza sin mirarla a los ojos—. Vete a tu cubículo y no te me aparezcas hasta que yo te llame. Y quítate esa pinche chingadera de la mano. ¡Órale!

Jang no chistó ni media palabra. Con los ojos inundados de lágrimas y hecha bolita, salió de estampida de la oficina, dejándonos en una vibra que cortaba como navaja.

Me quedé a solas con mi marido.

Se recargó en el escritorio, sobándose la frente y soltando un resoplido pesado, queriendo recuperar a la fuerza esa máscara de ejecutivo frío e inalcanzable.

—A ver, cálmate, vamos a platicar esto bien, como gente grande —dijo levantando la cara con una sonrisita fingida que ni él se creía—. La estás haciendo demasiado de tos por nada. Fue una bronca de comunicación, un malentendido pendejo.

—¿Un malentendido? —le solté una risita burlona que lo congeló en su lugar—. No, chulo. Aquí no hay ningún malentendido. Hoy es el día en que me vas a pagar completita cada una de las mentiras que me echaste en estos diez años. Y voy a empezar revisando peso por peso toda la auditoría de la empresa.

Antes de que alcanzara a abrir la boca para soltarme otro cuento, me di la media vuelta y salí, dejándolo ahí plantado en su oficinona, donde por primera vez la silla presidencial no parecía un trono, sino una ratonera.

Related Posts

En mi primer día como directora ejecutiva, la secretaria de mi esposo me llamó becaria. Al atardecer, descubrí que la empresa —y mi matrimonio— se habían construido sobre una mentira.

La primera persona que me insultó en mi primer día como directora ejecutiva fue la secretaria de mi marido. Se quedó de pie frente al ascensor ejecutivo,…

“Medio hermano.” Eleanor había dado a luz a una hija a los diecinueve años, mucho antes de casarse con un miembro de la familia Shiao. La niña…

Mi hermana se paseaba en toalla frente a mi esposo y decía que era “una prueba”: hasta que él le respondió con su propia prueba

Joaquín miró la alacena. Después miró a Brenda. Luego tomó su taza de café, se levantó y salió de la cocina sin decir una palabra. Mi hermana…

—Quédate el tiempo que necesites —le dije. Joaquín no hizo cuentas ni se quejó por perder el cuarto de visitas. Simplemente subió la maleta. Así es él….

—Ahí está. ¿Contenta? —Encantada. El cuarto de Mariela Esa tarde fuimos a ver el cuarto. La dueña era Mariela, una diseñadora gráfica de la edad de Brenda…

Nadie en la escuela entendía por qué un padre no dejaba que su hija se cortara el pelo; ella explicó el motivo y no pudimos mirarlo.

En el colegio, todos admiraban el cabello increíblemente largo de Goldie, pero pocos comprendían lo difícil que se había vuelto para ella manejarlo. Su trenza le llegaba…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *