
PARTE 2
Sebastián dijo:
“Elena y yo hemos decidido tomar caminos separados.”
Fue una mentira pequeña en número de palabras y enorme en todo lo demás.
Elena no había decidido nada.
Ni siquiera sabía que aquella cena terminaría con el anuncio público del fin de su matrimonio.
Durante tres semanas había visto a Sebastián caminar por la hacienda dando instrucciones a empleados, revisando manteles, cambiando lugares en las mesas y hablando por teléfono con abogados y ejecutivos del fondo de Monterrey. Ella creyó que estaba nervioso por el acuerdo empresarial. Incluso la mañana de la cena le había dejado una taza de café junto a su computadora y había acomodado su corbata antes de que saliera de la habitación.
“Todo va a salir bien”, le había dicho.
Sebastián había respondido con un beso distraído en la frente.
Horas después, frente a trescientas personas, utilizó la misma serenidad con la que anunciaba una adquisición para terminar once años de matrimonio.
Cuando Elena salió de Hacienda Alcázar aquella noche, no sabía adónde ir.
Eso fue lo único que Sebastián nunca llegó a imaginar.
Él supuso que tomaría uno de los vehículos de la familia.
Pero Elena caminó hasta el estacionamiento de servicio, llamó a un automóvil por aplicación y esperó junto a una jardinera mientras detrás de ella seguía sonando la música del salón.
El conductor llegó diecisiete minutos después.
“¿A dónde vamos, señora?”
Elena miró la pantalla de su teléfono.
Tenía decenas de mensajes.
Su hermana Mariana.
Su tía Beatriz.
Dos amigas.
La esposa de uno de los socios de Sebastián.
Incluso personas con quienes llevaba años sin hablar.
Apagó el teléfono.
“Arandas”, respondió.
“¿A esta hora?”
“Sí.”
El conductor la observó a través del espejo, pero tuvo la prudencia de no preguntar nada más.
Elena pasó casi todo el trayecto mirando por la ventana.
Los campos oscuros se extendían a ambos lados de la carretera.
A lo lejos aparecían luces dispersas de ranchos, bodegas y pequeños poblados.
A las dos de la mañana llegaron a una propiedad mucho más modesta que Hacienda Alcázar.
Un portón verde.
Un camino de tierra.
Una casa de una sola planta con paredes blancas y techo de teja.
Sobre una placa desgastada podía leerse:
Rancho La Esperanza.
Aquel lugar había pertenecido a los padres de Elena.
Su padre, Julián Márquez, había muerto ocho años antes.
Su madre había fallecido dos años después.
Elena nunca vendió la propiedad.
Sebastián le había insistido varias veces.
“Está abandonada. Podríamos integrarla a la división agroindustrial.”
Elena siempre se había negado.
No sabía explicar por qué.
Aquella madrugada entendió la razón.
Necesitaba conservar un lugar que no hubiera sido elegido, comprado, remodelado o administrado por Sebastián Alcázar.
Sacó una vieja llave de su bolso.
Todavía funcionaba.
Al entrar encontró olor a madera cerrada y polvo.
Encendió una lámpara.
La sala estaba casi vacía.
Había un sofá cubierto con una sábana, una mesa pequeña y el antiguo reloj de pared de su padre.
Elena dejó el bolso en el piso.
Se quitó los zapatos.
Entonces, solo entonces, lloró.
No lloró porque Sebastián quisiera divorciarse.
Lloró porque comprendió algo mucho más doloroso.
Durante once años había confundido ser indispensable con ser amada.
Había organizado cenas para sus socios.
Había recordado cumpleaños que él olvidaba.
Había recibido familias de inversionistas.
Había escuchado sus preocupaciones después de medianoche.
Había acompañado a su suegro durante una operación.
Había defendido a Sebastián cuando sus propios hermanos cuestionaban sus decisiones.
Había convertido una casa enorme en un hogar.
Y lentamente se había acostumbrado a ocupar todos los espacios que Sebastián no quería atender.
Hasta desaparecer dentro de ellos.
A las siete de la mañana siguiente, Sebastián despertó solo.
Durante unos segundos extendió el brazo hacia el lado de Elena.
Vacío.
Entonces recordó.
Se sentó en la cama.
No esperaba sentirse bien exactamente.
Pero sí esperaba sentir alivio.
Libertad.
Quizá incluso orgullo por haber tomado una decisión que llevaba meses posponiendo.
En cambio, la habitación parecía absurdamente silenciosa.
Bajó a desayunar.
La cocinera colocó frente a él huevos, fruta y café.
“¿La señora Elena bajará más tarde?”
Sebastián levantó la mirada.
La mujer comprendió inmediatamente.
“Perdón, señor.”
“No pasa nada.”
Pero sí pasaba.
El primer problema apareció a las nueve y veinte.
Su asistente le informó que tres invitados importantes habían cancelado reuniones previstas para aquella semana.
A las diez, su hermana Renata entró en su oficina sin tocar.
“¿Se puede saber qué demonios hiciste anoche?”
Sebastián siguió mirando la computadora.
“Mi matrimonio terminó.”
“Eso lo vimos todos.”
“Entonces no entiendo la pregunta.”
Renata cerró la puerta.
“¿Era necesario humillarla frente a trescientas personas?”
“No la humillé.”
Renata soltó una risa seca.
“Anunciaste el divorcio en medio de una cena empresarial sin hablar antes con tu esposa.”
“Necesitaba terminar con esto.”
“No. Necesitabas controlar cómo terminaba.”
Sebastián apretó la mandíbula.
“Es un asunto privado.”
“Dejó de ser privado cuando invitaste a medio Jalisco para verlo.”
Sebastián se puso de pie.
“Renata.”
“No. Escúchame tú ahora. Elena estuvo contigo cuando esta empresa debía más de lo que ingresaba. Vendió un departamento que había heredado de su abuela para ayudarte cuando ningún banco quería ampliar la línea de crédito.”
“Se lo devolví.”
“Con intereses. Sí. Porque Elena insistió en documentarlo. Gracias a Dios.”
Sebastián frunció el ceño.
“¿Qué significa eso?”
“Que quizá deberías empezar a recordar que tu esposa nunca fue una mujer indefensa esperando que tú le pagaras la vida.”
Renata salió.
Aquella frase lo acompañó durante todo el día.
Por la tarde, Sebastián llamó a Elena.
No contestó.
Volvió a llamar una hora después.
Nada.
Le escribió:
“Tenemos que hablar sobre los abogados y la separación.”
El mensaje apareció como entregado.
No hubo respuesta.
Al día siguiente recibió un correo de un despacho jurídico de Guadalajara.
La licenciada Andrea Villaseñor informaba que representaría a Elena Márquez en todos los asuntos relacionados con la disolución matrimonial.
La comunicación era educada, breve y devastadoramente profesional.
Sebastián llamó inmediatamente.
Elena respondió esta vez.
“¿Contrataste a Andrea Villaseñor?”
“Sí.”
“Podrías haberme llamado primero.”
Hubo silencio.
Después Elena preguntó:
“¿Como tú me llamaste antes de anunciar nuestro divorcio?”
Sebastián no tuvo respuesta.
“Elena, quiero que esto sea civilizado.”
“También yo.”
“Entonces regresa y hablamos.”
“No voy a regresar a la hacienda.”
“Es tu casa.”
“Lo fue.”
Sebastián caminó hasta la ventana de su oficina.
“¿Dónde estás?”
“No es importante.”
“Para mí sí.”
Elena tardó unos segundos.
“Estoy en La Esperanza.”
Sebastián cerró los ojos.
“El rancho de tus padres.”
“Sí.”
“Está prácticamente abandonado.”
“Ya no.”
Aquellas dos palabras lo inquietaron más de lo que debían.
“Elena…”
“Sebastián, no voy a pelear contigo por dinero. Andrea te enviará una propuesta. Las capitulaciones matrimoniales son claras. Conservamos nuestros bienes individuales. Respecto a las inversiones conjuntas, quiero que se haga una valuación independiente.”
“Puedes quedarte con la casa de Guadalajara.”
“No la quiero.”
“El departamento de Puerto Vallarta.”
“No.”
“Elena, después de once años no vas a salir con una maleta.”
“No salí con una maleta.”
Sebastián guardó silencio.
Era cierto.
Elena había salido con un bolso pequeño.
Nada más.
“Enviaré a alguien por mis cosas personales”, continuó ella. “Puedes pedirle a Teresa que supervise.”
“¿Ni siquiera vas a venir?”
“No.”
“¿Nunca?”
Elena respiró al otro lado de la línea.
“No tengo ninguna razón para hacerlo.”
La llamada terminó.
Sebastián permaneció mirando su teléfono.
Aquella tarde, por primera vez, entendió que Elena realmente podía construir una vida en la que él no existiera.
Y la idea le resultó insoportable.
Durante las semanas siguientes, el divorcio avanzó con una rapidez que Sebastián no esperaba.
Elena no discutía.
No amenazaba.
No filtraba información a la prensa social de Guadalajara.
No intentaba quedarse con acciones que no le correspondían.
No reclamaba propiedades de la familia Alcázar.
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