
PARTE 3
Sebastián reunió al consejo de Grupo Alcázar tres días después.
Había catorce personas en la sala.
Su padre, don Ernesto Alcázar, ocupaba un asiento cerca de la cabecera.
Renata estaba frente a él.
Los representantes del fondo de Monterrey aparecían en una pantalla.
Sebastián colocó una carpeta sobre la mesa.
“Vamos a modificar los contratos con productores.”
Uno de los representantes del fondo frunció el ceño.
“Eso cambia el modelo financiero aprobado.”
“Lo sé.”
“Reduciría el margen proyectado.”
“También.”
“Entonces no entendemos la propuesta.”
Sebastián apoyó ambas manos sobre la mesa.
“No es una propuesta.”
La reunión duró cuatro horas.
Hubo amenazas de retirar capital.
Hubo advertencias del consejo.
Hubo acusaciones de improvisación.
Sebastián no cedió.
El grupo aceptaría contratos más cortos, límites claros a las penalizaciones y mecanismos compartidos de ajuste de costos.
Además, una auditoría externa revisaría todas las condiciones ofrecidas a pequeños productores.
El fondo anunció que congelaría temporalmente una parte de la inversión.
El valor estimado de la operación cayó.
Dos consejeros votaron para revisar la continuidad de Sebastián como director general.
Cuando terminó la reunión, don Ernesto se quedó sentado.
“¿Lo hiciste por Elena?”
Sebastián guardó unos documentos.
“No.”
Su padre arqueó una ceja.
“Entonces aprendiste algo tarde.”
Sebastián lo miró.
“Lo hice porque era lo correcto.”
Don Ernesto se levantó lentamente.
“Eso suele costar más.”
“Estoy empezando a notarlo.”
El hombre caminó hacia la puerta.
Antes de salir se detuvo.
“Tu madre habría estado de acuerdo.”
Fue lo más parecido a una felicitación que Sebastián había recibido de su padre en muchos años.
La crisis no desapareció.
Durante diciembre, Grupo Alcázar perdió dos contratos.
La prensa empresarial habló de tensiones internas.
Sebastián dejó de asistir a varios eventos sociales.
Vendió uno de los aviones corporativos que casi nunca utilizaban.
Canceló la remodelación de las oficinas ejecutivas.
Redujo bonos de dirección antes de tocar salarios operativos.
Y, contra las recomendaciones de relaciones públicas, visitó personalmente cooperativas y ranchos afectados.
No llevó fotógrafos.
Al principio nadie confiaba en él.
Era comprensible.
Sebastián escuchó insultos que meses antes habrían provocado que se levantara de la mesa.
Ahora tomaba notas.
Preguntaba.
Regresaba a la oficina.
Corregía.
Renata observaba aquella transformación con prudencia.
Una tarde de enero entró en el despacho de su hermano.
“¿Todavía quieres recuperar a Elena?”
Sebastián dejó el bolígrafo.
“Todos creen que esto se trata de eso.”
“¿Y no?”
Él miró por la ventana.
“Quiero que vuelva.”
“Entonces ve por ella.”
Sebastián negó con la cabeza.
“No.”
Renata pareció confundida.
“¿No?”
“Pasé once años creyendo que querer algo me daba derecho a perseguirlo hasta conseguirlo.”
“Eso suena bastante a ti.”
“Elena sabe dónde estoy.”
“¿Y si nunca vuelve?”
Sebastián tardó en responder.
“Entonces tendré que vivir siendo un hombre mejor sin recibirla como premio.”
Renata sonrió.
“Ahora sí estoy empezando a reconocer a alguien que quizá merezca una segunda conversación.”
Mientras tanto, La Esperanza crecía.
Elena consiguió que diecisiete productores pequeños se integraran a la cooperativa.
No todos fabricaban productos.
Algunos aportaban leche.
Otros miel.
Fruta.
Café tostado.
Artesanías.
Elena creó una marca regional y negoció espacios con tiendas en Guadalajara.
Las primeras semanas fueron caóticas.
Una entrega completa se perdió porque un refrigerador falló.
Un cliente grande tardó cuarenta y cinco días en pagar.
Un empleado renunció dos días antes de Navidad.
Hubo noches en que Elena se quedó dormida sobre las facturas.
Pero cada problema que resolvía le devolvía una parte de sí misma.
En febrero terminó legalmente su matrimonio.
La audiencia fue breve.
Sebastián llegó solo.
Elena también.
Cuando salieron, permanecieron unos segundos frente al edificio.
Sebastián llevaba un traje gris.
Elena un vestido sencillo color crema.
“Supongo que ya está”, dijo él.
“Ya está.”
Sebastián asintió.
Sacó algo del bolsillo.
Elena reconoció inmediatamente el anillo que había dejado junto a la copa aquella noche.
“No vine a devolvértelo.”
Elena lo observó.
“Entonces, ¿por qué lo trajiste?”
“Porque pensé que debía decidir qué hacer con él.”
Sebastián miró el anillo en su palma.
“Durante meses lo guardé como si fuera una prueba de que todavía existía algo entre nosotros.”
Cerró los dedos.
“Pero eso tampoco sería justo.”
Guardó nuevamente el anillo.
“Voy a conservarlo como recordatorio de algo que destruí por arrogancia.”
Elena sintió presión detrás de los ojos.
“Sebastián…”
“Tranquila. No te voy a pedir nada.”
Él sonrió ligeramente.
“Hoy no.”
Aquella frase hizo reír a Elena.
Fue una risa pequeña y sorprendida.
Sebastián también sonrió.
“Extrañaba escuchar eso.”
Elena bajó la mirada.
“Cuídate.”
“Tú también.”
Se separaron.
Pasaron dos meses sin verse.
Después ocurrió la tormenta.
A finales de abril, una lluvia extraordinariamente intensa cayó sobre Los Altos de Jalisco.
El arroyo cercano a La Esperanza aumentó de nivel.
A las tres de la madrugada, Elena recibió una llamada de uno de sus trabajadores.
El agua estaba entrando a la bodega secundaria.
Elena salió bajo la lluvia.
Durante las siguientes horas, todos trabajaron moviendo cajas, maquinaria y alimento para ganado.
A las cinco y cuarto aparecieron cuatro camionetas.
Elena pensó que serían vecinos.
La primera puerta se abrió.
Sebastián bajó usando impermeable y botas.
Detrás de él venían empleados de Grupo Alcázar con bombas de agua, generadores y costales.
Elena caminó hacia él.
“¿Qué haces aquí?”
“Renata me llamó.”
“No necesito rescate.”
“Perfecto. Porque vine a cargar cajas.”
Y eso hizo.
Durante seis horas.
Sebastián Alcázar, el hombre que durante años había tenido empleados para abrirle puertas, pasó la mañana bajo la lluvia cargando costales de alimento y empujando agua con una escoba.
Nadie le tomó fotografías.
Nadie publicó nada.
Cuando amaneció, la bodega estaba a salvo.
Elena encontró a Sebastián sentado sobre una caja vacía, cubierto de lodo.
Le entregó café.
“Gracias.”
“De nada.”
Se quedaron en silencio.
“¿Sabes qué es lo extraño?”, dijo Elena.
“¿Qué?”
“Antes habrías mandado veinte personas.”
“Traje dieciocho.”
Elena levantó una ceja.
Sebastián sonrió.
“Pero también vine.”
Ella negó con la cabeza, divertida.
Después se sentó a su lado.
Era la primera vez desde el divorcio que estaban tan cerca.
Sebastián sostuvo el vaso caliente entre las manos.
“¿Estás feliz aquí?”
Elena miró el patio húmedo.
“Sí.”
La respuesta dolió.
Ella lo notó.
“Eso no significa que fui infeliz todos los años contigo.”
“Pero sí durante algunos.”
“Sí.”
Sebastián asintió lentamente.
“Yo también.”
Elena volvió la mirada hacia él.
“¿Por qué nunca me lo dijiste?”
“Porque no sabía hablar de algo que no pudiera arreglar con dinero, trabajo o una orden.”
“Entonces decidiste terminar nuestro matrimonio.”
“Pensé que tú eras la razón de que me sintiera vacío.”
Elena permaneció en silencio.
“Después te fuiste”, continuó. “Y el vacío siguió conmigo.”
Sebastián soltó una risa amarga.
“Fue una pista bastante clara.”
“¿Y qué era?”
“Miedo.”
“¿A qué?”
“Al fracaso. A envejecer. A convertirme en mi padre. A descubrir que había construido una empresa enorme y una vida que no sabía disfrutar.”
Elena lo observó durante varios segundos.
“¿Has hablado con alguien sobre eso?”
Sebastián sonrió.
“¿Te refieres a alguien que cobre por escucharme?”
“Sí.”
“Desde diciembre.”
Elena abrió los ojos.
“¿Terapia?”
“Todos los miércoles a las seis.”
“Sebastián Alcázar va a terapia.”
“Y llego cinco minutos antes.”
Elena soltó una carcajada.
Esta vez fue completa.
Sebastián la miró como si aquel sonido fuera una ventana abierta después de años en una habitación cerrada.
La lluvia comenzaba a detenerse.
“Elena.”
Ella dejó de reír.
“No quiero que regreses a Hacienda Alcázar.”
Elena frunció el ceño.
“No pensaba hacerlo.”
“Déjame terminar.”
Sebastián respiró.
“Ya entendí que pedirte que regreses sería pedirte que vuelvas al lugar donde dejaste de ser tú.”
Elena no dijo nada.
“Pero me gustaría invitarte a cenar.”
“¿Una cita?”
“Sí.”
“Somos exesposos.”
“Estoy enterado. Firmé varios papeles.”
Elena sonrió.
“¿Y qué pasaría en esa cena?”
“Comeríamos.”
“Eso suele ocurrir.”
“Hablaríamos.”
“Más peligroso.”
“Y después te llevaría a casa.”
“¿Sin anunciar nada frente a trescientas personas?”
“Podemos limitar el público al mesero.”
Elena miró su café.
Sebastián esperó.
No insistió.
Finalmente ella dijo:
“Una cena.”
Sebastián sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
“Una.”
“No significa que vayamos a regresar.”
“Entendido.”
“No quiero promesas.”
“No haré ninguna.”
“Y si empiezas a hablar de fusiones empresariales…”
“Me levanto y me voy.”
Elena extendió la mano.
“Trato.”
Sebastián la estrechó.
La primera cita ocurrió en un restaurante pequeño de Guadalajara.
No en Andares.
No en un hotel de lujo.
No había empresarios.
No había fotógrafos.
Sebastián llegó primero.
Elena apareció diez minutos después.
Llevaba un vestido verde y el cabello suelto.
Sebastián se puso de pie.
Por un instante pareció que ambos habían retrocedido doce años.
Cuando todavía se estaban conociendo.
Cuando él buscaba excusas para llamarla.
Cuando Elena se reía de su incapacidad para bailar.
Hablaron durante tres horas.
No del divorcio.
No del pasado.
Hablaron de libros.
De La Esperanza.
De viajes que nunca hicieron.
De comida.
De la terapia de Sebastián.
De una cabra que había destruido parte del huerto de Elena.
Al despedirse, Sebastián no intentó besarla.
“Buenas noches.”
“Buenas noches.”
Una semana después Elena lo llamó.
“¿Qué haces el viernes?”
Sebastián miró su agenda llena.
“Estoy libre.”
Mentira.
Canceló dos reuniones.
La segunda cita fue iniciativa de ella.
Después vino una tercera.
Y una cuarta.
Durante seis meses se conocieron nuevamente.
No intentaron reconstruir exactamente lo que habían tenido.
Eso era lo importante.
Elena puso límites que nunca había puesto antes.
No organizaba eventos de Sebastián.
No cambiaba sus planes por las reuniones del Grupo Alcázar.
No aceptaba que él resolviera problemas de La Esperanza sin pedir permiso.
Sebastián aprendió una palabra que antes parecía no formar parte de su vocabulario.
Preguntar.
“¿Quieres que vaya?”
“¿Necesitas ayuda?”
“¿Quieres hablar o prefieres estar sola?”
A veces Elena respondía que no.
Y Sebastián descubrió que un no no era una amenaza.
Era simplemente una respuesta.
En octubre, Cooperativa La Esperanza firmó su primer contrato importante con una cadena regional.
Elena organizó una pequeña celebración.
Cincuenta personas.
Mesas largas en el patio.
Luces colgadas entre los árboles.
Música.
Comida preparada por familias de la cooperativa.
Sebastián llegó llevando una caja.
“¿Qué es?”
“Un regalo.”
“Te dije que nada extravagante.”
“No es extravagante.”
Dentro había un letrero de madera restaurado.
Era el antiguo letrero que había estado en la entrada cuando vivían los padres de Elena.
RANCHO LA ESPERANZA
Debajo, Sebastián había mandado colocar una placa pequeña.
“Fundado por Julián y Teresa Márquez. Recuperado por Elena Márquez y su comunidad.”
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