
La respuesta estaba en una carta amarillenta dirigida a Rodrigo: «Mi querido hermano…». Rodrigo nunca me había contado que tuvo una hermana. Adela era siete años mayor. La diagnosticaron con cáncer a los veintinueve. En el tratamiento perdió el pelo. En una foto usaba una peluca larga y castaña. En la carta agradecía a una adolescente llamada Norma, aprendiz en una peluquería, que había reunido pelo de clientas y ayudado a hacer la peluca. Al final, Adela le pedía a su hermano: «Si algún día puedes hacer por otra persona lo que estas personas hicieron por mí, hazlo. Prométeme que no olvidarás lo que significa mirarse al espejo y volver a reconocerse». Adela murió pocas semanas después.
Me senté en el piso. Entendía la promesa. Pero eso no explicaba lo esencial: ¿por qué mi pelo? ¿Por qué sin mi permiso? ¿Por qué veinte años de mentiras?
La caja de Norma
Me llamó Norma: «Marcela, me enteré de lo de Rodrigo. ¿Cómo está?». «Estable». Hubo una pausa. «Encontré las fotos de Adela». Silencio. «Entonces creo que llegó el momento —dijo—. Ven a la peluquería».
Una hora después, Norma cerró la puerta con llave y bajó las persianas. Volvió del cuarto de atrás con una caja grande de madera y la puso frente a mí.
—Rodrigo me pidió que te la diera solo si él ya no podía explicártelo.
La abrí. No había pelo. Había cartas. Decenas. Algunas escritas por niños, otras por mujeres. Fotografías de antes y después del tratamiento. Dibujos. Tarjetas. En una decía, con letra de niña: «Gracias a la señora del pelo bonito que me hizo sentir yo otra vez». Empecé a llorar.
—Tu pelo se usó para varias pelucas a lo largo de los años. Rodrigo pagaba todos los costos.
—¿Por qué no me lo dijo?
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