
—Quiero que me lo cortes.
—¿Estás segura?
Sonreí.
—Sí. Lo que haga falta para una donación.
A Norma se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé. Y justamente por eso lo hago.
Por primera vez, la decisión era completamente mía. Cuando las tijeras se cerraron sobre el primer mechón, no lloré. Sonreí. Y cuando Norma metió el pelo en el sobre, tomé un bolígrafo y escribí yo misma sobre él: «Donado por Marcela. Con su consentimiento».
Porque después de veinte años entendí algo que Rodrigo debió entender desde el principio: incluso un gesto hecho con buenas intenciones pierde su belleza cuando le quita a otra persona el derecho a elegir.