
Mi propia madre.
Regresé mentalmente a la conversación detrás de aquella ventana.
“La pobre nunca se enterará.”
De repente entendí que quizá mamá no estaba hablando solamente de la casa.
Lucía abrió el último archivo.
La participación que habían vendido por una cantidad relativamente pequeña años atrás formaba ahora parte de una compañía valorada en cientos de millones.
Y según una cláusula del testamento de mi abuelo, aquella venta podía ser impugnada si mi consentimiento había sido falsificado.
Miré nuevamente la casa de Zapopan en la fotografía del expediente.
Había pensado que mi familia intentaba quedarse con nueve millones ochocientos mil pesos.
Pero la casa solo había sido la primera mentira que alcancé a descubrir.
La verdadera pregunta era cuánto me habían quitado mucho antes de que yo empezara a ahorrar para ellos.