
Entonces, la voz gruesa y autoritaria de John cortó el aire como navaja.
—Tienes toda la razón, Mike. Nadie aquí quiere ver cómo alguien hace el ridículo… pero me temo que el único payaso en este salón eres tú.
Mike se congeló en seco. La copa se le quedó suspendida a centímetros de los labios. Lentamente, como si de pronto se le hubiera caído un balde de agua helada en la espalda, giró la cabeza. Cuando sus ojos se toparon con la mirada fría, severa y profundamente decepcionada de John, la sonrisa burlona se le borró del rostro de golpe, como si se la hubieran arrancado de un bofetón.
—J-John… —tartamudeó Mike, tragando saliva con evidente dificultad, soltando de inmediato la cintura de Kate como si le quemara la piel—. Yo… no te vi llegar. Estábamos… bueno, Sarah y yo solo estábamos hablando de asuntos privados…
—Escuché perfectamente cada una de tus palabras, Mike —lo interrumpió John, sin levantar la voz pero con una firmeza que hizo que a Kate se le borrara también la sonrisa estúpida—. Y la verdad es que me da una vergüenza tremenda haberte considerado mi amigo durante tantos años. Dijiste que Sarah no era más que tu ama de casa, ¿verdad? Dijiste que en esta empresa ella no pinta nada comparada con ustedes.
Mike intentó acomodarse la corbata, con las mejillas ardiéndole de pura vergüenza. Varios compañeros de la oficina ya estaban sacando discretamente sus teléfonos, otros susurraban tapándose la boca. Kate dio un paso hacia atrás, intentando despegarse de Mike, dándose cuenta demasiado tarde de que la corriente se los estaba llevando a los dos.
—John, por favor, sabes que el trabajo es una cosa y los problemas de pareja son otra muy distinta —intentó justificarse Mike, buscando complicidad con una risita nerviosa que sonó patética—. No mezclemos las cosas aquí…
—Aquí nadie está mezclando nada, idiota —dijo John, clavándole la mirada—. Eres tú el que nunca tuvo la menor idea de dónde estuvo parado todos estos años. Durante los últimos nueve años te jactaste de que tu departamento funcionaba como relojito. Siempre llegabas a las juntas directivas colgándote las medallas, exigiendo aumentos y bonos gigantescos, haciéndole creer a todo el mundo que tú eras el genio financiero detrás de nuestros contratos más grandes.
Mike parpadeó, desconcertado.
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