Michael apretó los labios.

—Y Lucas…

Mi voz se detuvo un instante.

Lucas me tomó de la mano.

—Mamá, está bien.

Respiré profundamente.

—Lucas se perdió una vez en un centro comercial. Lo encontré llorando junto a una puerta, preguntando a los desconocidos si habían visto a su madre. Esa noche me prometí que nunca permitiría que mis hijos volvieran a sentirse abandonados.

Miré a Ethan.

—Yo fui su madre, su padre, su protección y su hogar. No necesito que me des las gracias. Tampoco necesito tu apellido.

Señalé la pantalla gigante detrás de él.

—Pero no permitiré que hables de la familia como si tus hijos no existieran.

Ethan cerró los ojos.

Por primera vez aquella noche, no parecía un multimillonario.

Parecía un hombre que acababa de comprender lo que había perdido.

Entonces Daniel habló.

—Señor Lancaster, no hemos venido por su dinero.

Ethan levantó la cabeza.

—Daniel…

—No lo conocemos. No sabemos qué clase de padre

Michael se colocó junto a su hermano.

—Nuestra madre nunca habló mal de usted. Ni siquiera cuando nosotros le preguntábamos por qué no teníamos padre.

Lucas añadió:

—Ella nos dijo que algún día conoceríamos la verdad. Pero nunca nos prometió que usted nos querría.

Aquellas palabras hicieron más daño a Ethan que cualquier insulto.

Porque eran ciertas.

Los tres chicos no habían venido buscando un padre rico.

Habían venido acompañando a la mujer que les había dado todo.

Y yo no estaba dispuesta a dejar que nadie los tratara como piezas de un tablero empresarial.
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