
con una facilidad que lo incomodó.
Don Ernesto Robles aceptó recibirlo esa misma tarde.
Era un hombre de casi setenta años, cabello completamente blanco, botas costosas y una sonrisa demasiado segura.
—Me dijeron que anda comprando terrenos por aquí —comentó Ernesto mientras servía tequila.
—Estoy evaluando inversiones.
Alejandro caminó lentamente por la oficina.
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Diplomas.
Fotografías familiares.
Reconocimientos empresariales.
Y detrás del escritorio, varias carpetas antiguas perfectamente ordenadas.
—Escuché que hace algunos años tuvieron un problema administrativo —dijo Alejandro como si fuera una pregunta sin importancia.
La sonrisa de Ernesto desapareció apenas un segundo.
—Robos internos. Una empleada.
—¿Mariana López?
El silencio cambió la habitación.
Ernesto dejó la botella sobre el escritorio.
—¿De dónde conoce usted ese nombre?
Alejandro sonrió.
—En los negocios conviene investigar todo.
Ernesto recuperó la compostura.
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—Esa mujer nos robó.
—¿Fue condenada?
—No.
—¿Encontraron el dinero?
—No.
—¿Encontraron transferencias firmadas por ella?
Ernesto endureció el
rostro.
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—No sé qué está insinuando.
Alejandro lo miró directamente.
—Todavía nada.
Se marchó veinte minutos después.
Pero ahora estaba seguro de una cosa.
Ernesto tenía miedo.
Y los hombres poderosos rara vez tenían miedo de historias falsas.
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Tenían miedo de pruebas.
Aquella noche Alejandro llamó a Gabriel Serrano, uno de los mejores auditores forenses de su grupo empresarial.
—Necesito que revises una empresa familiar de Jalisco. Los Robles. Todo lo que puedas conseguir legalmente: sociedades, movimientos corporativos, demandas, propiedades, créditos.
Gabriel guardó silencio.
—¿Cuánto tiempo?
—Empieza ahora.
A la mañana siguiente llegaron los primeros documentos.
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Tres días después, apareció la primera anomalía.
El dinero supuestamente robado no había desaparecido en una sola operación.
Había salido en pequeñas cantidades hacia proveedores.
Proveedores que, sobre el papel, vendían fertilizante, maquinaria y alimento para ganado.
Pero varias empresas compartían direcciones.
Dos tenían administradores relacionados con la familia Robles.
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