
La campana del gimnasio no volvió a sonar para marcar el fin del asalto, pero para Maya, una vida entera de agachar la cabeza se había terminado en ese mismo segundo.
Brooke bajó del cuadrilátero arrastrando los pies, con los hombros hundidos y la mirada fija en la lona, incapaz de sostenerle los ojos a ninguno de los compañeros que durante meses le habían aplaudido cada burla. Su séquito habitual guardó los celulares en los bolsillos, buscando excusas baratas para marcharse rápido antes de que Dale, el dueño del gimnasio, les pidiera cuentas a ellos también. El video de la agresión ya corría como pólvora en los chats locales, pero esta vez no mostraba la humillación de la chica tímida que limpiaba colchonetas para pagar su mensualidad; mostraba la caída de una abusadora consentida y la técnica impecable de un hombre al que todos habían ignorado durante años.
—Tómate la tarde libre, Maya —le dijo Dale con una mezcla de vergüenza y respeto—. Mañana hablaremos de tu beca completa. Te la debíamos desde hace mucho tiempo.
Maya asintió despacio, respirando hondo mientras se desataba las vendas con las manos todavía temblorosas por la adrenalina. Cuando salió a los vestidores, encontró a Walter en el cuarto de servicio, guardando su cubeta y su trapeador con la misma calma meticulosa de siempre, como si media hora antes no hubiera bloqueado golpes olímpicos sin despeinarse.
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