
PARTE 2:
Me puse de pie lentamente, ajustando los botones de mi abrigo oscuro con una calma absoluta que contrastaba con la tormenta que comenzaba a gestarse en mi interior. Las cuatro niñas se quedaron un momento en su escondite, observándome con una mezcla de esperanza y temor, hasta que me acerqué al borde de la mesa y les tendí la mano.
—Salgan —les dije con voz firme pero suave—. Vamos a saludar a su “papá”.
La más pequeña fue la primera en tomar mi mano, seguida de cerca por sus hermanas. Las saqué de debajo de la mesa y las mantuve protegidas detrás de mí mientras caminaba hacia la salida del café, donde el señor Mercer y la mujer de traje gris plomo todavía discutían acaloradamente.
Al escuchar nuestros pasos, el señor Mercer se giró con una expresión de fastidio en el rostro, dispuesto a reclamar, pero sus palabras murieron en cuanto sus ojos se posaron en mí.
En el submundo de Chicago, hay rostros que la gente prefiere no ver jamás de cerca. El mío era uno de ellos.
—Alexander… Hayes —balbuceó el señor Mercer, perdiendo instantáneamente el color en el rostro y dando un paso involuntario hacia atrás.
La madre de las niñas se quedó paralizada, mirando alternativamente a sus hijas y a mí, con los ojos abiertos de par inpar por la sorpresa y el desconcierto.
—Escúchame bien, Mercer —dije, acortando la distancia entre nosotros con pasos pausados pero intimidantes, hasta quedar a solo unos centímetros de él—. Me enteré de que tienes la mala costumbre de andar amenazando familias y diciendo estupideces sobre cómo puedes “arreglar” lo que no te pertenece.
El hombre tragó saliva con dificultad, intentando mantener la compostura frente a sus guardaespaldas, quienes no se atrevían a mover un solo músculo al ver que yo estaba al mando de la situación.
—Hayes, esto es un malentendido… solo estábamos conversando sobre…
—No hay ningún malentendido —lo interrumpí con un tono de voz gélido que hizo que el aire del café pareciera congelarse—. Si te Vuelves a acercar a menos de cien metros de esta mujer o de estas niñas, juro que no va a quedar piedra sobre piedra en ninguno de tus negocios, ni en tus rutas, ni en tu maldita organización. ¿Quedó claro?
Mercer asintió frenéticamente con la cabeza, incapaz de sostener mi mirada ni un segundo más.
—Muy… muy claro, Hayes. No volverá a pasar.
—Largo de aquí —le ordené sin apartar la vista de él.
Sin decir una sola palabra más, el señor Mercer dio media vuelta y prácticamente huyó del lugar, seguido de prisa por sus guardaespaldas.
El silencio en el café era absoluto. Me volví hacia la madre de las niñas, quien me miraba con una profunda gratitud mezclada con cautela. Las cuatro pequeñas se aferraban a mi abrigo, sintiéndose por fin seguras.
¡La Parte 3 ya está disponible! Vengan a leer la continuación de esta emocionante historia.
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