
—Quémala —le ordené—. Ese hombre ya no existe para nosotros. Y tú, Marco, empieza a delegar la logística del puerto a los capitanes. A partir del próximo mes, las reuniones de negocios se harán fuera de esta propiedad. Esta casa ya no es un búnker de operaciones. Es un hogar.
Marco asintió con una reverencia respetuosa, sorprendido pero profundamente leal, y se retiró en silencio.
Victoria me miró con los ojos cristalinos, incrédula ante lo que acababa de escuchar.
—Alexander… estás cambiando todo tu mundo por nosotras. Tu gente, tus rutinas…
—No estoy cambiando mi mundo, Victoria —la interrumpí, acercándome un paso más a ella y colocándole un mechón rebelde detrás de la oreja—. Estoy decidiendo por fin qué parte de mi vida vale la pena conservar. Durante diez años creí que mi única obligación era mantener a salvo a Ethan construyendo un muro de miedo alrededor de Chicago. Pero el miedo solo detiene las balas; no llena los silencios en la mesa, ni cura las heridas del pasado.
En ese momento, pasos apresurados subieron las escaleras de madera del porche. Era la pequeña Sofía, jadeando de cansancio, con las mejillas sonrojadas y una margarita silvestre un poco aplastada en su manita derecha.
Se detuvo frente a mí, mirándome con esos mismos ojos enormes y decididos que me habían desarmado en aquella cafetería.
—Para ti —dijo extendiendo la flor hacia mi pecho—. Porque Ethan dijo que los papás cuidan las cosas bonitas.
El aire se detuvo en el porche. Victoria bajó la mirada, tapándose la boca conmovida, mientras yo me arrodillaba sobre el piso de madera para quedar a la altura de la pequeña. Tomé la flor con el mayor de los cuidados, como si fuera la pieza más frágil y costosa que jamás hubiera pasado por mis manos, y la coloqué con orgullo en el ojal de mi saco.
—Tienes toda la razón, pequeña —le dije, acariciándole la mejilla mientras una sonrisa genuina se dibujaba en mi rostro—. Y te prometo que nunca voy a descuidar ninguna de ellas.
Sofía me dio un abrazo rápido alrededor del cuello antes de salir disparada de vuelta hacia el jardín para seguir jugando con sus hermanas. Me puse de pie lentamente, con el pecho lleno de una calma que jamás creí volver a experimentar. Miré a Victoria, quien entrelazó su brazo con el mío, y comprendí que el hombre temido por los mafiosos y los jueces de Chicago había quedado atrás; el verdadero imperio que valía la pena defender comenzaba justo ahí, en el umbral de nuestra propia casa.