
La madrugada se convirtió en un desfile fúnebre de caras desencajadas, pasillos fríos de hospital y salas de reconocimiento donde el aire faltaba por completo. Las dos familias, que apenas unas horas antes se abrazaban en la puerta entre risas, recomendaciones de abrigarse bien y promesas de verse el siguiente fin de semana, se encontraban ahora abrazadas en una banca de metal, empapadas por la lluvia y ahogadas en lágrimas que no alcanzaban a lavar la incredulidad del momento. No había consuelo en ninguna palabra, ni sentido en ninguna explicación; toda la ilusión de una boda planeada, las llaves de una casa que nunca se compró y la promesa de una vida entera quedaron reducidas a un par de mochilas entregadas en una bolsa de plástico por las autoridades.
Con el amanecer, la tormenta por fin dio tregua sobre la carretera, pero la calma que trajo la luz del día solo hizo más evidente el vacío atroz que dejaba su partida. En las casas de ambos quedaron sus camas tendidas, sus ropas listas para la semana laboral y los proyectos apuntados en una libreta sobre el buró; testimonios silenciosos de dos vidas jóvenes que salieron a una reunión sin imaginar que un charco en el camino, una curva y un golpe de mala suerte bastarían para borrar para siempre el futuro que con tanto amor habían empezado a construir.