—Él… él jamás haría algo así —murmuré, aunque mi propia voz sonaba hueca, derrotada por la evidencia que durante meses me negué a hilar: los viajes repentinos a la frontera, los maletines cerrados con candado que guardaba en la cajuela, su insistencia enfermiza en transferir los fondos de mis cuentas de inversión a fideicomisos fuera del país.

—Lo está haciendo —sentenció Grace con firmeza—. Y la razón por la que te advertí que no tocaras el dinero de la cuenta mancomunada es muy simple: si retiras un solo peso antes de mañana al mediodía, el sistema emitirá una alerta automática a los socios de Lucas. Pensarán que él intentó traicionarlos antes de liquidar el saldo del contrato. Y si ellos creen eso, no van a ir tras él a su oficina. Van a venir por ti a esa casa, porque para ellos tú eres la garantía física de la deuda.

El silencio volvió a inundar el estudio, roto únicamente por el tictac del reloj en la pared, que ahora sonaba como la cuenta regresiva de una bomba. Miré la pantalla de mi computadora: la página del banco seguía abierta, con el cursor parpadeando sobre el botón de «Confirmar transferencia total a cuenta personal». Si hubiera dado clic tres minutos antes, como planeaba antes de que entrara el mensaje, ya habría firmado mi propia sentencia.

—¿Dónde está Mariana? —pregunté, tragando saliva con dificultad.

—Aún está en el departamento del centro, pero Lucas ya tiene los boletos para moverla mañana a primera hora fuera del estado. Si sube a ese avión privado, nunca más volveré a ver a mi hermana con vida.

Apreté los párpados con fuerza, sintiendo cómo el miedo primitivo comenzaba a transformarse en una furia fría y calculadora. Lucas había pensado en todo: en culpar a una supuesta infidelidad para que yo firmara el divorcio rápido y humillada, en quedarse con el patrimonio que construí durante diez años de carrera y en usar a una muchacha vulnerable como mercancía para salvar su propio pellejo.

—Grace —dije, levantando la vista hacia la puerta cerrada del estudio—. Tú quieres a tu hermana a salvo. Yo quiero a ese monstruo tras las rejas y lejos de mi vida.

—No podemos acudir a la policía local, Anne. Están en la nómina de la financiera.

—No necesitamos a la policía local —respondí, abriendo el segundo cajón del escritorio, donde guardaba la copia de la póliza de seguro y los registros fiscales corporativos que Lucas creía haber borrado del servidor—. Mi tío es magistrado del Tribunal Federal de Circuito. Pero para que él mueva a los agentes federales esta misma noche, necesito que me des una sola cosa.

—Pídeme lo que sea.

—La dirección exacta del departamento y el código del portón. Si Lucas cree que va a dormir tranquilo esta noche mientras prepara su jugada maestra, está a punto de enterarse de con quién estuvo casado todos estos años.

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