
Mis pestañas temblaron apenas.
Por primera vez, algo se movió dentro de mí.
No dolor.
No miedo.
Alivio.
Me incliné, levanté la maleta vacía y la dejé a un lado.
No la necesitaba.
No miré a Adrián.
No miré a Clara.
Solo abrí la puerta principal.
La luz de la mañana entró de golpe.
Era principios de verano.
El césped estaba recién cortado.
Desde la casa vecina llegaba un sonido lejano de piano.
Di un paso hacia afuera.
Llevaba ropa de casa.
Zapatillas gastadas.
Sin teléfono.
Sin cartera.
Sin llaves.
Sin documentos.
Sin joyas.
Sin nada que demostrara que alguna vez fui “la señora Keller”.
Me fui exactamente como él ordenó.
Con las manos vacías.
La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco.
Adentro quedaron sus insultos.
La risa de Clara.
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