mucho esta noche —dijo.

—Yo también.

Me abrazó brevemente.

Luego descendió las escaleras hacia el andén.

Y desapareció entre la multitud.

Debería haberme ido a casa.

De verdad debería haberlo hecho.

Pero algo me empujó a quedarme.

Esperé unos segundos.

Y lo seguí.

Lo observé desde lejos mientras abordaba un tren.

Entré en otro vagón para que no me viera.

Durante casi cuarenta minutos viajamos hacia las afueras de la ciudad.

Cuanto más avanzábamos, más extraña se volvía la situación.

Aquella zona no era residencial.

Tampoco comercial.

Cuando bajó del tren, comenzó a caminar por calles oscuras y silenciosas.

Yo seguía varios metros detrás.

Finalmente se detuvo frente a un enorme edificio rodeado por árboles.

Entonces vi el cartel.

Hospital San Gabriel.

Fruncí el ceño.

¿Qué hacía allí a las once de la noche?

Lo observé entrar.

Dudé.

Pero terminé siguiéndolo.

La recepcionista parecía conocerlo.

Le sonrió apenas lo vio.
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