
vez.
Rodrigo servía vino.
Mariana hablaba de una compañera de su despacho.
Mis nietos estaban pegados a sus tabletas.
Nadie me miraba.
Doblé el boleto con cuidado y lo guardé en el bolsillo de mi cárdigan.
—¿Nada? —preguntó Rodrigo.
Le sonreí.
—Ni para el camión.
Mariana volvió a reír.
Me levanté y comencé a recoger los platos.
Aquella noche entendí cuánto puede esconder una mujer detrás de un rostro tranquilo.
Me llamo Teresa Mendoza.
Cuatro años antes había muerto mi esposo, Arturo, después de 46 años de matrimonio. Yo todavía tenía nuestra pequeña casa en San Juan del Río, pero Rodrigo insistió en que la vendiera y me mudara con él.
—No deberías vivir sola, mamá.
Yo le creí.
Vendí la casa. Guardé la mayor parte del dinero y me mudé a Querétaro.
Al principio me trataban como invitada.
Después empecé a ayudar.
Primero cocinaba porque Mariana regresaba tarde del
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