—¿Qué… qué dijiste? —balbuceé, sintiendo que las piernas me temblaban.

—Los últimos análisis de creatinina que le entregué el mes pasado eran falsos —confesó Andrew, con lágrimas escurriéndole por las mejillas—. Yo mismo alteré los resultados del laboratorio del hospital para que Amanda no entrara en crisis. El órgano cumplió su ciclo. Ha hecho glomerulonefritis recurrente. El tejido donado tiene necrosis en más del sesenta por ciento. Los nefrólogos le dan menos de ocho meses de vida si no entra de inmediato a un trasplante de urgencia con donante vivo idéntico.

—¡Pues nos ponemos en la lista! —grité en un susurro desesperado, jalándole la manga de la camisa médica—. ¡Llamo a mis hermanos, a mis primos, pedimos préstamos, rifamos la casa otra vez! ¡Tú me dijiste que podíamos conseguir otro!

—¡No hay nadie compatible, Carmen! —me interrumpió él, apretando los dientes con rabia contenida—. Hicimos todas las pruebas genéticas en secreto durante seis meses. La tasa de anticuerpos reactivos de Amanda es del noventa y nueve por ciento por culpa de las transfusiones viejas. Cualquier riñón de un extraño o de un pariente lejano lo va a rechazar en la misma mesa de operaciones en cuestión de minutos. El único injerto que su cuerpo no destruiría de inmediato… tendría que ser de un hijo biológico o de una línea genética directa que no existe.

Me quedé helada. Las piezas en mi mente empezaron a girar a una velocidad aterradora, armando una pesadilla que se negaba a tener sentido.

—Un… ¿un hijo? Pero Amanda no tiene óvulos viables… Amanda no…

—Antes de que le hicieran la histerectomía en Columbus a los dieciocho años —explicó Andrew, clavando sus ojos inyectados en sangre en los míos—, el jefe de servicio de aquel entonces preservó criogénicamente una pequeña muestra de tejido ovárico en nitrógeno líquido. Estaba guardado bajo una clave médica en el banco de reserva estatal. Yo tenía acceso a esa muestra por mi cargo de investigación en la facultad.

El aire se me escapó de los pulmones. Miré el teléfono en sus manos, luego las escaleras, luego otra vez la pantalla con la diminuta haba palpitando en el monitor de escala de grises.

—Andrew… ¿qué hiciste? —pregunté, sintiendo un escalofrío mortal subirme por la espalda.

—Descongelé el tejido en un laboratorio privado —susurró con una frialdad macabra—. Logré madurar tres ovocitos viables. Los fecundé con mi propio esperma hace dos meses. Y contraté a una mujer… una paciente que necesitaba dinero urgente para salvar a su propia familia… para que llevara la gestación subrogada en una clínica particular.

Me llevé las dos manos a la boca para ahogar un grito de espanto.

—¡Creaste un ser humano… creaste un bebé en secreto para sacarle un órgano a mi nieto! —exclamé, sintiendo una repulsión tan grande que di dos pasos hacia atrás, mirándolo como si tuviera al mismísimo diablo parado en mi sala.

—¡No! ¡Jamás haría eso, jamás lastimaría a mi propio hijo! —gritó Andrew, cayendo de rodillas frente a mí y tomándome del dobladillo de la falda con desesperación pura—. ¡No es para trasplante de órganos sólidos, Carmen! ¡Por el amor de Dios, escúcheme como médico! La medicina regenerativa avanzó. Si el bebé nace a término, las células madre del cordón umbilical y las células fetales de la placenta son cien por ciento compatibles con Amanda. Con un protocolo experimental de infusión celular hematopoyética podemos inducir quimerismo inmunológico, revertir la fibrosis del riñón actual y salvarle la vida sin tocarle un solo pelo a la criatura.

—¿Y si falla? —le espeté con el llanto desbordado, con el corazón roto por el peso de un secreto tan atroz—. ¿Y si esa criatura nace y tu experimento no sirve? ¿Y qué le vas a decir a Amanda cuando despierte y se entere de que compraste un vientre ajeno con sus propios óvulos sin pedirle permiso? ¡Le robaste su mayor dolor para convertirlo en un laboratorio clandestino!

Andrew bajó la cabeza hasta pegar la frente contra el piso de la sala. Sus sollozos rompieron el silencio de la casa con un eco lastimero que me partió el alma en dos pedazos.

—Prefiero que Amanda me odie y me mande a la cárcel por el resto de mis días —murmuró entre lágrimas desde el suelo—, a tener que pararme junto a su tumba a los treinta años sabiendo que pude haber hecho algo para no dejarla morir.

En ese instante, el crujido seco de una madera en el descanso de la escalera hizo que se nos congelara la respiración.

Alcé la vista despacio.

Allí estaba Amanda, pálida como un fantasma, sosteniéndose del barandal con una mano mientras miraba fijamente el teléfono tirado en la alfombra y a su esposo arrodillado llorando a mis pies.

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