
Y por primera vez en meses, se sintió ligero de nuevo.
PARTE 2: ECO DE UNA HABITACIÓN EN SILENCIO
El peso físico había desaparecido, pero el peso emocional de lo que los médicos habían eliminado fluctuó en el aire estéril de la sala de operaciones. Los cirujanos extrajeron a un “niño de piedra” – un lithopeddion – que vivió en Larissa durante más de treinta y cinco años. Como el mundo vio
aquella masa mineralizada reposando sobre la bandeja metálica, un silencio casi reverencial se apoderó de todo el equipo médico. Nadie se atrevía a romper la solemnidad de aquel hallazgo. No era solo una anomalía médica registrada en menos de trescientos casos en toda la historia de la medicina moderna; era el testimonio congelado del dolor, la resistencia y el silencio de una mujer que había cargado con su propia pérdida sin saberlo.
En la habitación del hospital, la luz de la tarde entraba tenue a través de las persianas. Larissa mantenía la palma de la mano sobre su abdomen vendado. Durante más de tres décadas se había acostumbrado a esa dureza sorda, a esa pesadez constante que los médicos de pueblo siempre atribuían a colitis, quistes ováricos o simplemente a los achaques del paso de los años. Cada vez que sentía esa molestia, pensaba que su cuerpo guardaba un secreto que la castigaba por nunca haber podido ser madre junto a su difunto esposo, Mateo.
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