
bebé que
crecía
dentro de ella.
Acarició suavemente su vientre.
—Quizá por fin tengamos una oportunidad, pequeño.
Pero inmediatamente sintió miedo.
Aquel dinero podía cambiar su vida.
También podía pertenecer a alguien que todavía estuviera buscándolo.
Ana volvió a envolver las joyas.
Separó la carta y la llave.
Después escondió el paquete bajo una tabla suelta del suelo.
No gastaría nada hasta averiguar su procedencia.
A la mañana siguiente caminó hasta el pueblo más cercano.
Tardó casi una hora.
Allí había una panadería, una farmacia y una pequeña tienda de comestibles.
Detrás del mostrador estaba una mujer mayor de cabello blanco.
—Buenos días, hija.
—Buenos días. Quería preguntarle algo.
La mujer sonrió.
—Dime.
—Compré la casa antigua que está junto al camino del molino.
La sonrisa desapareció.
—¿La casa de los Marković?
Ana asintió.
—Sí.
La mujer dejó lentamente el pan que estaba envolviendo.
—¿Estás viviendo allí?
—Desde hace unos
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