
Mi teléfono vibró. Era un número desconocido, con una foto de la niña dentro de un auto y una frase: “Si quieren volver a ver a su hija, Andrés debe entregar los expedientes originales antes de la medianoche”.Consultar médico
Antes de la medianoche
—No lo hagas solo —le dije a Andrés, mientras él lloraba—. Ya no más secretos.
Mateo abrió por fin su secreto: las copias originales estaban en un casillero del hospital, y además había enviado un respaldo a la fiscal Beatriz Montoya, que ya investigaba el programa. Renata aportó las pruebas del contrato. Pasamos esas horas con la fiscal y con la policía, que preparó una entrega controlada.
A las doce menos diez, en el estacionamiento de una clínica a las afueras, Mateo caminó hacia el auto negro con una carpeta idéntica a la original. Salvatierra bajó a recibirla. No vio a los agentes hasta que fue demasiado tarde.
Lía estaba en el asiento trasero, asustada, con un osito de peluche entre los brazos, pero sana y salva.
Cuando la abracé, no pude decir nada. Tenía los ojos verdes de Andrés.
Las pruebas de ADN confirmaron lo que mi corazón ya sabía. Salvatierra fue acusado de falsificar resultados, de apropiarse de datos clínicos y de haber ocultado el nacimiento de nuestra hija. El Proyecto Alba fue suspendido y varios directivos fueron investigados.
Andrés inició un tratamiento nuevo, verdadero, y un año después sus estudios mostraban que el tumor había dejado de crecer. No sé si lo vencerá. Pero ya no lo enfrenta solo.
Esta noche, Sofía y Lía duermen en la misma habitación, hablando bajito. Yo me asomo a la puerta y pienso en esa bolsa de almuerzo que se cayó al suelo.