
de que la discusión empeorara.
—Vámonos, papá.
Esa tarde le prometí que resolveríamos el problema.
Tomé fotografías, guardé el recibo de compra y hablé con un vecino que había visto lo ocurrido desde su ventana.
Incluso consulté qué necesitábamos para presentar una reclamación formal si Rogelio seguía negándose.
Pero Mateo estaba demasiado tranquilo.
Eso me llamó la atención.
Durante varios días casi no mencionó la bicicleta.
El sábado por la mañana apareció en la cocina mientras yo tomaba café.
—Papá, ya no hagas nada con Rogelio.
Levanté la mirada.
—¿Cómo que no haga nada?
—Yo ya lo arreglé.
Dejé la taza sobre la mesa.
—Mateo, dime exactamente qué hiciste.
Sonrió de una manera que no me gustó nada.
—Nada ilegal.
—Eso no me tranquiliza.
Tomó su mochila y salió al patio.
Lo seguí.
Entonces vi que llevaba una carpeta transparente llena de hojas.
Dentro había fotografías de la bicicleta, una
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