
Sentí que la sangre se me iba hasta los talones. El silencio de Richard al otro lado de la línea no era el típico silencio calculador de un abogado; era el silencio de alguien que acaba de ver un fantasma.
—¿A qué te refieres con que lo recuerdas, Richard? —solté, apretando el celular contra la oreja mientras vigilaba de reojo a Ethan, que ahora ayudaba al pequeño Leo a levantar una torre de bloques de madera en la alfombra.
—Ese documento pasó por este despacho, Christopher —dijo Richard en un susurro áspero—. Pero no lo tramitaste tú. Lo trajo tu padre. Semanas antes del accidente donde murió.
Un nudo seco se me formó en la garganta.
—Mi papá me juró que Sofía se había ido por voluntad propia. Me dijo que había aceptado un cheque, que no quería saber nada de mí ni del bebé que venía en camino.
—Tu padre me ordenó redactar ese convenio con cláusulas de confidencialidad extremas —continuó Richard, y pude escuchar el sonido de papeles revolviéndose en su escritorio—. Le pagó una fortuna a la familia de Sofía para hacerla desaparecer del mapa, pero el documento que tienes en las manos tiene algo raro. Observa la firma al calce, Christopher. La firma que supuestamente es tuya.
Caminé hacia el escritorio, puse el altavoz y acerqué la fotografía en la pantalla de la computadora. Hice un zoom a la tinta negra en la parte inferior del folio.
—Ese trazo… —murmuré.
—Es una falsificación hecha con plantilla de poder notarial. Tu padre utilizó el poder general que le firmaste cuando abriste las sucursales en Monterrey. Tú jamás renunciaste a la custodia legal de ese niño. Nunca. Jurídicamente, ante cualquier tribunal, tú sigues siendo el padre de Ethan con todos los derechos intactos. Y lo más grave: Sofía nunca cobró ese cheque. Lo devolvió a la cuenta matriz de la constructora tres días después.
El aire se me escapó de los pulmones. Durante seis años viví con el rencor quemándome el pecho, creyendo que la única mujer que había amado me había cambiado por un fajo de billetes, dejándome hundido en el trabajo, en juntas directivas vacías y en un matrimonio por conveniencia que terminó en divorcio. Mientras tanto, ella había estado criando a mi hijo sola, trabajando turnos dobles, esquivando las amenazas y el poder de mi propia familia.
—¿Christopher? ¿Sigues ahí? —preguntó Richard—. ¿Qué vas a hacer? La junta de accionistas está por empezar en veinte minutos. Si no te presentas para firmar la absorción de las acciones, tu tío Fernando va a tomar el control total del consorcio.
Volteé a ver a la sala. Ethan se había puesto una gorra vieja mía que le quedaba enorme y le hacía cosquillas a su hermanito, haciéndolo soltar carcajadas limpias y sonoras. En los ojos de ese niño de seis años vi exactamente la misma mirada de Sofía: esa nobleza terca que el dinero de los míos nunca pudo comprar.
—Que Fernando se quede con la presidencia si quiere —respondí con una calma que me sorprendió a mí mismo—. Cancela mi asistencia a la junta. Vende mi paquete minoritario si es necesario.
—Te van a comer vivo en los periódicos financieros, Christopher.
—Que digan lo que se les pegue la gana. Llevo seis años persiguiendo números para tapar un hueco que no se llena con nada. Prepárame una demanda de nulidad por fraude procesal contra el albacea de mi padre y redacta el reconocimiento voluntario de paternidad. Quiero todo en orden antes de que termine el día.
Colgué antes de que pudiera replicar.
Caminé despacio hacia la alfombra y me hinqué frente a Ethan. El niño me miró con un poco de timidez, dejando el carrito sobre el piso.
—¿Pasa algo malo, señor? —preguntó con su vocecita inocente.
Tragué saliva, sintiendo que por primera vez en años me ardían los ojos por algo que valía la pena.
—No, campeón. Nada malo —le dije, acomodándole la visera de la gorra—. Al contrario. Ya no me digas señor. Vamos a ir por tu mamá ahora mismo, y te prometo que nadie en esta vida los vuelve a apartar de mí.