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En lugar de cerrar la puerta, apagó el motor y tomó su teléfono.
Miguel pensó que iba a llamar a la policía o a la dirección del colegio para presentar una queja.
Pero estaba equivocado.
Patricia llamó directamente a la oficina de transporte escolar.
—Tengo aquí a una niña que necesita llegar a clase. Su padre está intentando regularizar su situación. ¿Podemos comprobar si existe una autorización provisional o alguna solución para hoy?
Durante varios minutos habló con diferentes responsables.
Finalmente, recibió una respuesta.
La escuela podía tramitar una autorización temporal después de verificar los datos de Sofía.
Patricia sonrió.
—Señor Miguel, parece que podemos resolverlo.
El hombre la miró sin comprender.
—¿De verdad?
—Sí. Pero necesito que venga conmigo a la escuela para completar los documentos.
Miguel sintió que se le humedecían los ojos.
—Muchas gracias, señora. No sabe lo que esto significa para nosotros.
Patricia negó suavemente con la cabeza.
—No me dé las gracias todavía. Vamos a asegurarnos de que su hija pueda seguir estudiando.
Aquella misma mañana, Miguel acudió a la escuela.
La directora escuchó su situación y descubrió que la familia también necesitaba ayuda con los materiales escolares y las comidas de Sofía.
En lugar de juzgarlo, le explicó los programas de apoyo disponibles.
Durante las semanas siguientes, la niña recibió una nueva mochila, cuadernos y acceso al comedor escolar.
Miguel también encontró un empleo más estable gracias a una recomendación de uno de los padres de la escuela.
Poco a poco, las cosas comenzaron a mejorar.
Pero la historia no terminó allí.
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