
Su madre.
Adrián comenzó a leer en silencio.
La carta no decía que Gabriel hubiera muerto.
Tampoco decía que estuviera desaparecido.
Decía algo peor porque convertía el abandono en una decisión consciente.
Mercedes afirmaba que Gabriel ya conocía el nacimiento del niño, que había recibido noticias de Isabel y que no quería ningún vínculo con ellos.
Luego aparecía una frase que Gabriel recordó haber escuchado cientos de veces durante su juventud, aunque nunca de aquella manera.
Un hombre que aspiraba a construir algo importante no podía permitir que una equivocación temprana decidiera el resto de su vida.
Gabriel cerró los ojos apenas un instante.
Mercedes había usado casi las mismas palabras cuando él aceptó aquel trabajo temporal en Madrid.
tu futuro por una finca y una vida demasiado pequeña», le decía.
Entonces él lo había interpretado como la dureza habitual de una madre ambiciosa.
Ahora sonaba distinto.
Adrián levantó
la vista.
—Aquí dice que tú sabías que yo había nacido.
—No lo sabía.
—Eso ya lo dijiste.
—Y es verdad.
Adrián apretó la carta entre los dedos.
—Yo crecí pensando que mi padre sabía perfectamente dónde estábamos y simplemente no quería venir.
Gabriel tragó saliva.
Podía comprar hoteles, edificios y terrenos sin titubear.
Podía sentarse frente a
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