
Media hora antes de aterrizar, una azafata se me acercó y detrás venía Esteban: pálido, desencajado y sin rastro de su arrogancia. Me pidió perdón, admitió que se había portado como un imbécil y, frotándose las manos del nerviosismo, me rogó que hablara con el señor Valdés para salvarle la chamba y el contrato de su empresa. Lo miré con tristeza; le recordé que se había burlado de mi edad y de mi cuerpo solo porque disfrutaba verme arrinconada. Le dejé en claro que lo perdonaba, pero que no iba a mentir para tapar sus regadas: «Usted no me respetó cuando pensaba que yo no valía nada; ahora pide ayuda porque alguien importante estaba mirando. La próxima vez trate bien a la gente, aunque nadie lo esté viendo». Sin poder decir una sola palabra, Esteban agachó la cabeza y se fue.
Al aterrizar, Arturo Valdés me entregó un sobre con boletos de avión en clase ejecutiva como disculpa de la aerolínea y, al ver la cobijita que le tejí a mi primera nieta, me confesó con nostalgia que su difunta esposa solía hacer lo mismo. Días después, la sobrecargo me avisó por teléfono que la empresa de Esteban lo había separado del proyecto y que la aerolínea premió a la tripulación por protegerme. Al poco tiempo, recibí una carta de Esteban admitiendo que la culpa era totalmente suya: su propia hija adolescente le había dicho que sentía vergüenza de él. No le contesté. A mis 63 años me quedó grabada la lección: nunca trates a nadie como si fuera poca cosa, porque la persona a la que hoy humillas podría ser a la que mañana tengas que rogarle perdón.