
miedo o estaba triste.
Por eso, cuando me anunció que una empresa suiza le había ofrecido un contrato de dos años, me sentí dividida entre la tristeza de separarme de él y el orgullo de verlo cumplir sus sueños.
—Es una oportunidad que no puedo rechazar, mi amor —me dijo mientras preparábamos la cena—. Cuando vuelva, podremos terminar de pagar la casa y empezar a pensar en nuestro futuro.
Yo lloré aquella noche.
No quería que se marchara, pero tampoco quería convertirme en la razón por la que renunciara a
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