
Le pregunté:
—¿Qué pasa si no entregan?
—Entregarán.
—¿Qué respaldo tenemos?
—Conozco a la gente.
—Eso no es una garantía.
Golpeó la mesa.
—Todavía soy el director general.
El director de operaciones respondió:
—Y ella representa la participación que controla esta empresa.
Suspendimos el pago.
Después aparecieron otros errores.
Un contrato importante se perdió porque Andrés retrasó la autorización durante semanas.
Dos proveedores amenazaron con terminar su relación comercial.
Tres gerentes presentaron quejas formales.
Documentamos todo.
Aun así, dudé antes de actuar.
Una noche fui sola a la casa de campo, aunque Andrés todavía vivía ahí y yo no podía entrar.
Me quedé dentro del automóvil frente al portón.
Recordé la última conversación con don Alejandro.
Me había dado las llaves del archivo de la empresa y me había dicho:
—No conviertas lo que te dejo en un arma contra mi hijo.
Entonces entendí algo.
Mantener a Andrés únicamente para demostrar que yo no quería vengarme también podía dañar aquello que don Alejandro me había pedido proteger.
Así que convoqué la reunión correspondiente.
Dos días después Andrés entró a la sala y nos encontró a mí, a la abogada y al responsable de operaciones.
—¿Qué es esto?
La abogada colocó unos documentos frente a él.
Andrés leyó la primera página.
Su cara cambió.
—¿Me están despidiendo?
—Se están terminando tus facultades como director general conforme al procedimiento societario —explicó ella.
Me miró.
—Lo lograste.
—¿Qué cosa?
—Primero mi esposa. Después mi herencia. Ahora mi trabajo.
—Tu matrimonio lo perdiste cuando elegiste mentirnos. La herencia nunca fue tuya. Y este puesto no era propiedad de tu apellido.
—¡Es venganza!
Empujé hacia él una carpeta.
—Aquí están los contratos detenidos, las quejas internas, los riesgos financieros y las negociaciones perdidas. Si quieres discutir la decisión, discutamos resultados.
No abrió la carpeta.
—¿Quién será director?
—Temporalmente, el director de operaciones.
Andrés soltó una risa amarga.
—¿No te atreves a sentarte en mi silla?
—No necesito tu silla para demostrarte nada.
Se fue.
Impugnó también aquella decisión.
Tampoco prosperó.
La empresa tenía documentación suficiente para justificar el cambio.
Sin embargo, quedaba la casa.
Andrés había perdido el testamento, el puesto y la apelación, pero continuaba encerrándose en aquella propiedad como si permanecer físicamente allí pudiera devolverle la vida que había imaginado.
En el juicio dijo:
—Ésa siempre fue la casa de mi familia. Pasé Navidades allí. Ayudé a mi papá a remodelarla.
El juez preguntó:
—¿Alguna vez fue propietario?
—No.
—¿Existe contrato que le permita ocuparla actualmente?
—No.
—Entonces su relación emocional con el inmueble no sustituye un derecho legal.
La resolución ordenó que lo desocupara.
Andrés apeló.
Perdió nuevamente.
Le dieron un plazo para salir voluntariamente.
No salió.
Finalmente se inició la ejecución.
El día señalado fui con mi abogada y el personal autorizado para cumplir la resolución y cambiar las cerraduras.
Andrés abrió la puerta vestido con pants.
Cuando vio los documentos, miró directamente hacia mí.
—¿Viniste a disfrutar esto?
—Vine a recuperar la casa.
—La casa de mi padre.
—La casa que tu padre decidió dejar.
—Eres una carroñera.
No respondí.
Le permitieron empacar sus objetos personales.
Andrés llenó dos maletas, varias cajas y una bolsa con ropa.
Cuando entró al antiguo despacho de don Alejandro vio una fotografía colgada en la pared.
Era una imagen vieja de su padre frente al primer almacén que había rentado cuando inició el negocio.
Andrés la descolgó.
Me miró.
—Me la voy a llevar.
—Llévatela.
Pareció sorprendido.
—¿No vas a decir que también es tuya?
—Es una foto de tu papá. Nunca te impediría conservarla.
Andrés bajó los ojos.
Durante unos segundos volvió a parecer el hombre con quien me había casado.
—Él realmente pensaba dejarme todo —murmuró.
—Sí.
—Hasta que apareciste tú.
Negué con la cabeza.
—Hasta que apareció una versión de ti que tu padre no reconoció.
—Lo pusiste en mi contra.
—No, Andrés. Tu padre te escuchó esperar su muerte. Después pasó meses observándote. Podías haberlo visitado. Podías preguntarle por sus tratamientos. Podías sentarte con él sin mencionar una sola vez el testamento.
Él apretó la fotografía contra su pecho.
No contestó.
Cruzó el portón con su última maleta.
Las cerraduras fueron cambiadas.
Cuando su automóvil desapareció por el camino, entré sola.
No sentí triunfo.
Sentí silencio.
La taza favorita de don Alejandro seguía guardada en la cocina. En una repisa encontré las piezas de ajedrez con las que jugaba con Mateo.
Me senté y lloré por primera vez desde el funeral.
No por el dinero.
No por la empresa.
Por el hombre que había construido todo aquello esperando heredárselo algún día a su hijo y que terminó teniendo que protegerlo de él.
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