
Mi madre lo dijo mientras servía la cena, como si estuviera hablando del clima.
La miré, convencida de que era una broma.
—¿Hablas en serio?
Ella soltó una risita.
—Completamente. Para el fin de semana quiero tus cosas fuera.
Me llamo Mariana, tengo 33 años y durante tres años había vivido con mis padres en una casa de Querétaro.
Pero “vivir con ellos” no significaba vivir gratis.
Cuando la caldera dejó de funcionar, fui yo quien pagó casi 70 mil pesos para reemplazarla.
Cuando se atrasaron con el predial y comenzaron a llegar avisos, usé mis ahorros para poner todo al corriente.
También pagaba reparaciones, parte del súper y varios servicios.
Aun así, esa noche mi madre me miró como si yo fuera una carga.
—Esteban necesita recuperar su vida —dijo—. Después de separarse, él y los niños necesitan espacio. Tú tienes trabajo. Ya puedes irte.
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