
Javier levantó la mano.
Durante un instante pensé que volvería a golpearme.
Pero un ruido procedente de la calle lo hizo detenerse.
Sirenas.
Primero una, después otra.
Teresa se llevó una mano al pecho.
—No puede ser. Nadie tenía que enterarse.
Aquella frase quedó suspendida en el aire.
Nadie tenía que enterarse.
No dijo que aquello fuera mentira. No dijo que yo estuviera exagerando. No dijo que todo hubiera sido un accidente.
Dijo que nadie tenía que enterarse.
Y el celular lo había grabado todo.
Capítulo 2. La carpeta azul
Antes de que llegaran los policías, Javier corrió hacia la casa.
—¡Javier, no! —gritó Teresa, siguiéndolo.
Mariana permaneció junto a mí. Por primera vez se acercó lo suficiente para que pudiera verle el rostro.
—Daniela, escúchame —susurró—. No sabes lo que estás haciendo.
Quise reírme, pero apenas pude respirar.
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