
No sabía cómo había conseguido mi número.
Antes de responder, llegó otro mensaje.
“Sé lo que pasó en tu oficina.”
Mi respiración se detuvo.
Tecleé:
“¿Cómo lo sabes?”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Porque fui yo quien pidió que te encontraras.”
Fruncí el ceño.
No entendía nada.
Cinco minutos después, apareció una ubicación.
Un café a dos calles de mi antigua oficina.
Dudé.
Parte de mí quería ignorarlo todo.
Quería ir a casa.
Quería fingir que ese día no había ocurrido.
Pero algo me hizo arrancar el auto.
Cuando llegué, la vi sentada junto a la ventana.
Ya no parecía la mujer que encontré tirada en la carretera.
Ese día llevaba ropa sencilla, el rostro pálido y el cabello desordenado.
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