Victoria observó

mi expresión.

—Ahora entiende por qué mi tarjeta de identificación no estaba conmigo aquel día.

Negué lentamente.

—No sabía quién era.

—Precisamente por eso quería hablar contigo.

Se sentó nuevamente.

Yo hice lo mismo.

James abrió el maletín.

Dentro había una carpeta.

La colocó sobre la mesa.

—Esto no es una compensación por haber ayudado a la señora Whitmore.

Lo miré.

—No hice nada esperando recibir algo.

Victoria asintió.

—Lo sé.

Abrió la carpeta.

Dentro había documentos.

Mi expediente laboral.

Informes de mi desempeño.

Y una copia de la presentación

que había preparado para aquella mañana.

Sentí una presión en el pecho.

—¿Cómo consiguió esto?

Victoria miró hacia la ventana.

—Porque esa presentación no desapareció.

Pasé los dedos por la carpeta.

—Pero perdí la cuenta.

James negó.
—No exactamente.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa eso?

Victoria respiró profundamente.

—Cuando desperté en el hospital, lo primero que hice fue preguntar quién me había ayudado.

Hizo una pausa.

—Cuando me dijeron que habías perdido una reunión importante por quedarte conmigo, intenté contactar a tu empresa.

Mi expresión cambió.

—¿Nick?

Ella asintió.

—Hablé

con él.

Sentí una mezcla de rabia y confusión.

—¿Y qué pasó?

Victoria intercambió una mirada con James.

Entonces él respondió:

—Su antiguo jefe confirmó algo que nos preocupó.

—¿Qué?

Abrió otra página.

—Que la agencia llevaba meses intentando quedarse con sus ideas y presentarlas como trabajo del equipo ejecutivo.

Me quedé inmóvil.

—Eso no es cierto.

Victoria deslizó otro documento.

Era un correo.

Mi correo.

Fechas.

Archivos.

Cambios.

Todo estaba ahí.

Nick había estado enviando mis estrategias a clientes importantes sin incluir mi nombre.

Mi trabajo.
Mis ideas.

Mis…proyectos.

Sentí una punzada helada en el estómago. Toda la dedicación de los últimos meses, las desveladas, los fines de semana sacrificados frente a la computadora… Nick se los había estado adjudicando como si hubieran salido de su propia cabeza.

—Y no solo eso —agregó James, deslizando otro folio con un membrete legal—. Descubrimos que la presentación que ibas a dar esa mañana no era para una cuenta secundaria. Era la licitación principal de Grupo Whitmore. Nick le aseguró a nuestro consejo que tú habías renunciado de imprevisto y que él solo tomó las riendas para salvar la propuesta.

Apreté los puños sobre la mesa, sintiendo cómo la rabia me quemaba la garganta.

—Por eso me corrió en cuanto llegué tarde de la clínica —dije, con la voz temblorosa por el coraje—. No fue por impuntualidad. Necesitaba sacarme del camino antes de que ustedes descubrieran quién había hecho todo el trabajo.

Victoria me miró con una calma imponente, de esas que solo tienen las personas acostumbradas a tomar decisiones de peso en el mundo empresarial.

—Exactamente. Nick creyó que se había salido con la suya. Pero cometió un error garrafal: subestimó a la mujer a la que dejaste de lado para salvarme la vida en esa calle.

Victoria hizo una seña a James, quien sacó un contrato encuadernado en piel y lo puso frente a mí, acompañado de una pluma estilográfica.

—El contrato con la agencia de Nick queda cancelado a partir de este momento por incumplimiento ético y fraude de propiedad intelectual —declaró Victoria con total firmeza—. Y esta propuesta que tienes enfrente es una oferta directa para que tomes la dirección de estrategia corporativa en Grupo Whitmore, con tu propio equipo y con el presupuesto que siempre te negaron.

Me quedé sin aire, mirando el documento con los ojos nublados.

—Señora Whitmore… yo no sé qué decir.

Victoria sonrió por primera vez, inclinándose hacia adelante:

—No tienes que decir nada, querida. Solo firma. Y prepárate, porque mañana a las nueve de la mañana tenemos junta en la torre principal, y quiero que tú misma le entregues la notificación de recisión a Nick en su propia oficina. Es hora de que aprenda que con el talento ajeno no se juega.

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