
—Ni creas que íbamos a permitir que te pisotearan de esta manera. Nos toca a nosotras defenderte.
En la sala no se escuchaba ni un respiro. El juez ajustó sus lentes y observó la escena con intriga. En la otra mesa, el director Robles, un hombre engreído que durante años manejó la escuela secundaria como si fuera su rancho privado, frunció el ceño con desdén. Estaba seguro de que tenía el caso ganado; después de todo, le habían asignado a Don Chema un abogado de oficio sin experiencia que apenas había tenido tiempo de hojear el expediente.
Entonces, Sofía dio un paso al frente y se dirigió al estrado:
—Su señoría, solicito autorización para intervenir en representación del acusado en calidad de coadyuvante técnico.
El juez la miró con severidad:
—¿Con qué facultad, licenciada?
Sofía sacó una credencial oficial con sellos de la Federación:
—Soy auditora titular de la Auditoría Superior.
Un murmullo estalló entre los asistentes. Valeria sacó su propia identificación:
—Perito contable forense certificada por el Colegio de Contadores.
Lucía hizo lo mismo, mostrando su placa metálica:
—Agente del Ministerio Público de la Fiscalía Especializada en Delitos Cometidos por Servidores Públicos.
Al director Robles se le borró la sonrisa de golpe y empezó a removerse incómodo en su asiento. El juez revisó las acreditaciones y asintió:
—Tienen la palabra. Expongan lo que tengan que decir.
Sofía abrió un maletín y colocó una carpeta gruesa sobre la mesa del juez:
—Solicitamos incorporar prueba pericial y documental superveniente. Durante las últimas semanas, realizamos una auditoría integral a todas las adquisiciones y partidas presupuestales de la secundaria durante los últimos ocho años. Los números oficiales que el director presentó para culpar a mi padre simplemente no cuadran con la realidad.
Valeria tomó el control del proyector de la sala. Sobre la pantalla gigante aparecieron tablas detalladas, números en rojo y cientos de facturas cotejadas:
—Aquí está el modus operandi del director Robles —explicó Valeria con frialdad—. Facturas infladas hasta en un cuatrocientos por ciento. Se pagaba pintura de primera calidad, computadoras, cableado de cobre y material de construcción a empresas fachada creadas apenas unos días antes de las licitaciones. Los materiales nunca pisaron la escuela; pero en los libros contables, el señor Robles justificaba la supuesta pérdida reportando constantes “robos hormiga” y señalando al personal de intendencia. Específicamente a Don Chema.
Robles se puso de pie, furioso:
—¡Esto es una calumnia! ¡Son acusaciones sin fundamento inventadas por la familia de este ladrón!
—Guarde compostura o lo mando arrestar por desacato —advirtió el juez con voz de trueno—. Continúe, licenciada.
Sofía abrió una segunda carpeta:
—Solicitamos reproducir las grabaciones del C5 y de cámaras privadas del almacén municipal.
En la pantalla apareció un video nítido. Se veía una camioneta de carga de la escuela ingresando a una bodega privada en la madrugada. Horas después, salía repleta de cajas selladas con destino a ferreterías particulares. La fecha y hora coincidían al minuto con el último inventario en el que acusaron a Don Chema de haber sustraído herramienta industrial y material eléctrico.
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