
En ese instante, la puerta se abrió un poco más y apareció ella. Traía un suéter gris tejido y el pelo recogido de manera sencilla. Al verme, se le borró el color de la cara, pero no vi rencor en sus ojos; solo un cansancio infinito.
—¿Qué haces aquí, Gabriel? —preguntó con un hilo de voz.
—Me acabo de enterar de los niños, Savannah.
—Llevo casi tres años preguntándome cuándo ibas a llegar —respondió con una sonrisa triste—. Pasa. Solo quiero escuchar qué tienes que decir.
Crucé el umbral y me topé con la realidad: botitas de nieve alineadas junto a la calefacción, dibujos infantiles con crayones pegados en las paredes y, en la cómoda, una foto enmarcada de Savannah en la cama del hospital, llorando de pura felicidad con los dos bebés en el pecho.
En la cocina, el olor a canela y pan caliente llenaba el aire. Sobre la mesa de madera descansaban dos vasitos de plástico: uno rosa y uno azul.
—¿Son mis hijos? —le pregunté con la voz quebrada.
—Esa pregunta debiste haberla hecho hace dos años y medio, Gabriel —me respondió—. Yo no me escondí. Te busqué.
Savannah abrió un cajón del escritorio y sacó una carpeta café con los bordes desgastados. Dentro había copias de cartas escritas a mano, dirigidas a mi oficina central en Minneapolis, fechadas semanas después de que nacieran los gemelos. Leí los textos con las manos temblando de coraje e incredul度: ella me había rogado que fuera a conocerlos, que decidiera si quería ser parte de sus vidas, sin abogados ni dinero de por medio. Además, incluía certificados médicos de nacimiento y hasta un sobre oficial sellado con tinta roja: Destinatario no disponible.
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