
decían querer ofrecer, casi nadie se levantó de su silla.
—¿Cómo entró este señor? —preguntó alguien.
—Que lo saquen —respondió otra voz.
El hombre no discutió.
Tenía unos 78 años, cabello gris desordenado y una barba corta que no parecía haber visto una máquina de afeitar en varios días.
Se llamaba Ernesto Salgado.
Aunque nadie en aquella sala lo sabía todavía.
Sus ojos recorrieron lentamente las mesas cubiertas con manteles blancos, las copas, los platos caros y las lámparas que colgaban del techo.
Luego volvió a mirar el piano de cola negro colocado sobre una pequeña plataforma.
—Solo una canción —repitió—. Después pueden pedirme que me vaya.
Ricardo Valdés se levantó de una mesa cercana.
Tenía 47 años y era presidente del comité encargado de aquella recaudación.
Su familia llevaba décadas dedicada a los negocios inmobiliarios y él había crecido rodeado de comodidades, contactos y oportunidades.
Ricardo miró al anciano
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