
de arriba abajo.
—Esto es un evento privado.
—Lo entiendo.
—Entonces debería entender también que no puede entrar cualquiera.
Ernesto asintió.
—Por eso estoy ofreciendo algo a cambio.
Señaló el piano.
—Sé tocar.
Varias personas volvieron a reír.
Ricardo sonrió.
No era una sonrisa amable.
—¿Usted?
—Yo.
—¿Ese piano?
—Si me permiten.
Ricardo miró alrededor.
Había descubierto algo que le parecía divertido.
Un espectáculo.
—Muy bien —dijo—. Hagamos un trato.
El salón comenzó a quedarse en silencio.
—Toca una canción completa. Si no nos haces salir corriendo, yo mismo te pago una cena.
Algunas personas aplaudieron la ocurrencia.
Ernesto no reaccionó.
Ricardo continuó.
—Pero vamos a hacerlo más interesante. Si consigues emocionar de verdad a una sola persona de esta sala… te doy veinte mil pesos.
La cantidad provocó murmullos y risas.
Para muchos de los presentes no era una fortuna.
Pero ofrecérsela así al anciano convertía la situación en
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