
PARTE 2
A la mañana siguiente desperté en la casa de mis padres, en Zapopan.
Mi mejor amiga, Laura, me llamó antes de las ocho.
—¿Ya se lo dijiste?
—No.
—Mariana, ese hombre acaba de divorciarse de ti porque cree que eres pobre.
—Precisamente por eso no pienso explicarle nada.
Mi familia había fundado Grupo Altavista hacía más de treinta años. Empezó con una empresa de transporte y terminó convirtiéndose en un corporativo con compañías de logística, tecnología, manufactura y servicios.
Cinco años antes, después de la enfermedad de mi padre, yo había asumido la presidencia del consejo.
Pero al casarme pedí una licencia operativa.
Quería vivir un matrimonio normal.
Trabajaba algunas horas en la fundación familiar y recibía un sueldo mensual de dieciocho mil pesos por ese puesto. Era un salario real. Lo que Diego nunca preguntó era de dónde provenían mis acciones, inversiones o dividendos.
Tampoco investigó demasiado a mi familia.
Al principio eso me enamoró.
Pensé que me quería por mí.
Cuando conocí a Diego era gerente de ventas. Trabajaba muchísimo y tenía una ambición que todavía no se había convertido en soberbia.
Un año después de casarnos, la empresa donde trabajaba entró en una alianza con una compañía de Grupo Altavista.
Diego consiguió la oportunidad de competir por la dirección de un proyecto importante.
Esa noche hice una sola llamada.
—Evalúen a todos con los mismos criterios. Si Diego es bueno, denle la oportunidad. Si no, no lo favorezcan por mí.
Ganó por méritos propios.
Después llegaron otros proyectos, ascensos y mejores ingresos.
Nunca ordené que lo promovieran.
Solo me aseguré de que nadie lo bloqueara por política interna y de que sus resultados fueran evaluados justamente.
El problema fue que Diego comenzó a interpretar cada éxito como prueba de que era superior a los demás.
Cambió su coche.
Luego el reloj.
Después los amigos.
Y finalmente cambió la forma de mirarme.
Una semana después de nuestra separación publicó fotografías con Fernanda, hija de un empresario local. Elegante, sociable y acostumbrada a eventos de negocios.
En una cena de la empresa alguien le preguntó por mí.
Diego respondió frente a varios gerentes:
—No éramos compatibles. Yo necesitaba una mujer de mi nivel. Ella ganaba dieciocho mil pesos y no tenía contactos.
Mientras él decía eso, yo entraba por primera vez en tres años a la sala del consejo de Grupo Altavista.
Más de veinte directivos se pusieron de pie.
—Buenos días, presidenta.
Revisamos resultados durante horas.
Al final, el director general colocó frente a mí las evaluaciones de los ejecutivos de distintas empresas del grupo.
Entre ellas estaba la de Diego.
Sus resultados comerciales eran buenos.
Pero también aparecían quejas recientes: humillaciones a subordinados, decisiones fuera de sus facultades y comentarios despectivos hacia empleados con salarios bajos.
Cerré la carpeta.
—¿Está documentado?
—Sí.
—Entonces continúen evaluándolo como a cualquier otro ejecutivo. No quiero privilegios, pero tampoco castigos personales.
Un mes después nos citaron para concluir legalmente el divorcio.
Llegué sola al juzgado familiar.
Diego estaba afuera con Teresa y Fernanda.
Su madre me miró de arriba abajo.
—Qué bueno que viniste. Ahora sí mi hijo podrá empezar una vida con alguien que le convenga.
Fernanda sonrió con incomodidad.
Yo no respondí.
La audiencia fue breve.
No teníamos hijos. No existían bienes en copropiedad que discutir y ambos aceptamos terminar el matrimonio.
Cuando salimos, Teresa tomó del brazo a Fernanda.
—Mira, hijo. Una mujer así sí puede acompañarte.
Seguí caminando hacia la salida.
Entonces varios vehículos negros se detuvieron frente al edificio.
Diego frunció el ceño.
Del primero bajó Arturo Cárdenas, director general de la empresa donde él trabajaba.
Diego se acomodó rápidamente el saco y se acercó.
—Ingeniero Cárdenas, buenos días. Qué sorpresa verlo aquí.
Arturo apenas lo saludó.
Luego pasó de largo.
Caminó directamente hacia mí.
Se detuvo frente a todos, inclinó ligeramente la cabeza y dijo con absoluta naturalidad:
—Buenos días, presidenta. El consejo ya la está esperando.
Detrás de mí no se escuchó una sola palabra.
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