Cuando cerraron las puertas, Mateo empezó a ponerse nervioso.

—¿Le puedo decir a la sobrecargo?

—No.

—¿A una sola?

—Mateo.

—Está bien.

Se llevó dos dedos a los labios como si hubiera cerrado un cierre invisible.

Entonces los altavoces se encendieron.

La voz de Alejandro llenó la cabina.

Mateo se quedó inmóvil.

Luego sonrió como nunca.

—Es papá.

Saqué el celular para grabarlo.

Alejandro habló del clima, del tiempo estimado del vuelo y hasta soltó uno de esos chistes malos que siempre contaba en casa.

Mateo estaba fascinado.

Pero de pronto hubo una pausa.

Una pausa demasiado larga.

Luego Alejandro volvió a hablar.

—Antes de despegar, quiero hacer algo que nunca había hecho durante un vuelo.

Bajé lentamente el teléfono.

—Hay una persona muy especial en este avión —continuó—. Una persona que significa absolutamente todo para mí.

Mateo abrió los ojos.

—¡Nos descubrió!

Empezó a levantarse.
Continúa en la página siguiente

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