
Joaquín se volvió.
El saco cayó al suelo.
—¿Álvaro?
Corrí a abrazarlo.
Sentí lo delgado que estaba.
—¿Por qué no me dijiste que estabas trabajando así?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No queríamos preocuparte,
hijo.
Mi madre apareció en la puerta.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Mi niño…
La abracé con fuerza.
—Ya estoy aquí, mamá.
Y entonces le hice la pregunta que
llevaba horas quemándome por dentro.
—¿Dónde están los dos mil euros que les envío cada mes?
Mis padres intercambiaron una mirada.
Pilar bajó la cabeza.
—Sergio dijo que habías dejado de mandarlos.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Cuándo les dijo eso?
—Hace casi dos años —respondió Joaquín.
Me quedé inmóvil.
Veinticuatro meses.
Casi cuarenta y ocho mil euros.
—Papá, nunca dejé de enviarles dinero.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—Pero Sergio nos enseñó mensajes tuyos.
—¿Qué mensajes?
Joaquín abrió un cajón y sacó
varias hojas impresas.
Eran supuestas conversaciones de WhatsApp.
Una decía:
«Papá, ya no puedo manteneros. Sergio se encargará de todo. No me llaméis por dinero».
Miré la fecha.
Aquel día
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