El teléfono se me resbaló de las manos y cayó contra la alfombra con un golpe sordo. Sentí cómo el piso se abría debajo de mis pies, un vacío helado que me congeló las entrañas. Seis palabras. Seis malditas palabras y la fotografía de mi pequeño Leo, dormido, con su respiración tranquila e inocente, completamente a merced de un monstruo con mi misma sangre.

—¡Elena! —gritó Dante, alcanzando a sostenerme antes de que me desplomara en el suelo.

—Se lo va a quebrar, Dante… —balbuceé, ahogándome con mi propio llanto, clavándole las uñas en los brazos—. Esa cabrona va a matar a mi hijo. ¡Seiscientos millones o lo que sea de esa maldita herencia, no me importan! ¡Que se quede con todo, pero que no le toque un solo pelo a Leo!

Dante levantó el celular del piso y miró la pantalla. Nunca en mi vida le había visto una expresión tan aterradora. La mandíbula se le tensó al punto de que los músculos del cuello parecían a punto de reventar; en sus ojos ya no quedaba rastro de culpa ni de tristeza, solo un instinto asesino que helaba la sangre.

Se giró hacia los dos hombres trajeados que custodiaban la puerta.

—Marquen a Salgado. Quiero a todo el equipo desplegado en este instante. Bloqueen el aeropuerto de O’Hare, Midway, los helipuertos privados y cada salida de la Interestatal 90. Nadie entra ni sale de la ciudad sin que mis hombres revisen cajuela por cajuela. Y que rastreen la antena de donde salió este mensaje ya, carajo. ¡Tienen cinco minutos antes de que empiece a rodar cabezas!

Los hombres asintieron pálidos y salieron disparados al pasillo con los radios pegados a la boca.

—Dante, espera —intervino Mia, con la voz temblorosa pero la mente clara, señalando la laptop en la mesa—. La fotografía que mandó Victoria no se tomó hace días ni en un sótano cualquiera. Mira el fondo. Esa moldura de madera oscura con relieve dorado… y la cabecera de terciopelo verde. Yo la he visto antes.

Dante se inclinó sobre la pantalla, entrecerrando los ojos.

—La casa de descanso de tu padre —susurró él, con un tono cavernoso—. La propiedad del lago en Lake Forest. Legalmente estaba embargada desde que el viejo falleció, nadie la vigila, nadie va para allá.

—Pensó que jamás iríamos a buscarla a un lugar que supuestamente está en litigio judicial —dije, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano mientras la desesperación se convertía en pura adrenalina—. Vamos para allá ahorita mismo.

—Tú te quedas aquí con Mia —ordenó Dante, sacando un arma automática de su chaqueta y verificando el cargador con un chasquido metálico—. Es una trampa, Elena. Victoria está acorralada y una fiera herida dispara a matar. Yo voy a traer a Leo de vuelta.

—¡Ni madres! —le grité en la cara, empujándolo del pecho—. No me vuelvas a dar órdenes en tu perra vida, Dante Moretti. Si crees que me voy a quedar sentada en este cuarto esperando a que me avises si mi hijo está vivo o muerto, no me conoces. Me voy contigo, o me robo un carro y me voy detrás de ti, pero no me dejas aquí.

Dante me miró fijamente durante tres segundos eternos. Comprendió que no había forma humana de detenerme.

—Ponte el abrigo —dijo secamente—. Si las cosas se ponen feas, haces exactamente lo que yo te diga. Sin preguntas.

El trayecto hacia el norte por la autopista fue una pesadilla a más de ciento sesenta kilómetros por hora. La lluvia de Chicago azotaba el parabrisas de la camioneta blindada, mientras Dante coordinaba por altavoz con tres camionetas de escolta que nos seguían a corta distancia. En el asiento trasero, los hombres de Dante cargaban rifles y chalecos antibalas en un silencio sepulcral.

—¿Por qué mi padre hizo semejante atrocidad, Dante? —le pregunté, clavando la mirada en la carretera oscura—. ¿Por qué venderte a Victoria y ponerle una diana en la espalda a mi hijo antes de que siquiera naciera?

Dante apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Tu padre no estaba loco, Elena… estaba aterrorizado. Descubrió que Victoria no era su hija biológica poco antes de morir; supo que ella era fruto de una aventura de tu madre con uno de los Moretti de la vieja guardia. Cuando Victoria se enteró, amenazó con arruinarlo todo y reclamar la empresa familiar por la fuerza. Tu padre creó el fideicomiso para blindarte a ti y a tu linaje, pero Victoria lo chantajeó para meter esa cláusula maldita antes de que el testamento fuera sellado. Él creyó que casándome con ella yo la mantendría aplacada bajo vigilancia. Pensó que te estaba salvando.

—Pues nos hundió a todos —respondí con amargura—. Porque crió a un monstruo.

Media hora después, las luces de la camioneta se apagaron al entrar por el camino de terracería que conducía a la mansión de Lake Forest. La propiedad estaba rodeada de pinos inmensos y el viento del lago aullaba entre las ramas. A lo lejos, una sola ventana del segundo piso dejaba escapar una luz mortecina.

—Están ahí —dijo el hombre en el asiento del copiloto—. Hay dos camionetas estacionadas detrás del establo. Tres guardias visibles en el perímetro.

—Sin fuego abierto a menos que sea inevitable —sentenció Dante, colocándose el chaleco—. Mi hijo está adentro. Si uno solo de esos imbéciles entra en pánico y jala el gatillo en la dirección equivocada, ustedes mismos van a desear no haber nacido. Entramos por la cocina y el ala este simultáneamente.

Bajamos de las camionetas amparados por la sombra de los árboles. El frío de la noche me calaba los huesos, pero el ardor en mi pecho no me dejaba sentir miedo. Dante avanzaba como una sombra letal. En menos de dos minutos, sus hombres neutralizaron a los guardias de la entrada con silenciadores y golpes secos, sin que alcanzaran a dar la voz de alarma.

La puerta de la cocina cedió sin hacer ruido. El olor a humedad y a madera vieja llenaba la casa.

Dante me hizo una seña para que me quedara detrás de él mientras subíamos la escalera principal, peldaño por peldaño. Los crujidos de la duela parecían truenos en mis oídos. Al llegar al pasillo superior, una voz ronca y cargada de desprecio rompió el silencio desde la recámara principal.

—Llegas tarde, hermanita. Siempre llegando tarde a todo.

Dante pateó la puerta de par en par, encañonando al centro de la habitación. Yo entré detrás de él sin importarme nada.

Victoria estaba sentada en una mecedora antigua, con una copa de vino en la mano y un revólver sobre las piernas. En la cama, atado con una sábana pero ileso, estaba Leo. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, pero al verme abrió la boca para gritar.

—¡Mami! ¡Mami!

—¡Leo! —el corazón me dio un vuelco salvaje y di un paso al frente, pero Dante me detuvo con el brazo, manteniéndome detrás de su cuerpo.

—Ni un paso más, Elena —sonrió Victoria con una mueca torcida, levantando el revólver y apuntando directamente hacia la cama, a escasos centímetros de la cabeza de mi niño—. Un solo movimiento en falso y el heredero universal de los doscientos millones pasa a mejor vida antes de la medianoche. Y miren qué coincidencia… faltan exactamente doce minutos para las doce.

—Baja el fierro, Victoria —dijo Dante con una voz tan baja y gélida que hizo eco en las paredes—. Esto es entre tú y yo. Deja ir al niño. Ya tienes el dinero que robaste de las cuentas de mi corporación en Suiza. Toma un jet privado, lárgate del país y no te cazaré. Es el único trato que vas a recibir esta noche.

Victoria soltó una carcajada estridente, desquiciada, que resonó en el cuarto vacío.

—¿El dinero de Suiza? ¡Eso eran migajas, Dante! ¡Migajas comparadas con lo que el viejo imbécil de mi padre les dejó a esta mosquita muerta y a su bastardo! ¿Crees que me importa el dinero? Toda la vida fue Elena. Elena la dulce, Elena la perfecta, Elena la legítima. Papá te eligió a ti para ella, no para mí. Me diste asco cada noche que compartimos la cama porque sabía que cuando cerrabas los ojos estabas pensando en ella.

—Victoria, suelta a mi hijo —supliqué, cayendo de rodillas con las manos abiertas, tragándome todo mi orgullo—. Por favor, te lo suplico por lo que más quieras. Si me odias a mí, mátame a mí. Quédate con cada centavo, firmo lo que quieras, renuncio a la patria potestad, pero deja ir al niño. No tiene la culpa de nada.
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