
—Claro que la tiene —escupió Victoria, levantándose lentamente de la mecedora con el dedo en el gatillo—. Su sangre es la que me quita lo que es mío por derecho. Si él muere antes de los cinco años, el contrato estipula que yo soy la albacea absoluta e irrevocable. Sin él, tú no eres nadie. Y Dante volverá a ser mi perro faldero si quiere salvar su empresa.
El cañón del revólver se posó sobre la frente de Leo. Mi hijo comenzó a temblar, mirándome con terror puro.
—¡Mami, tengo miedo! —sollozó el pequeño.
—¡Mírame a mí, Leo! —grité con el alma desgarrada—. ¡Mira a mami, mi amor, no mires nada más!
—Se acabó el tiempo —dijo Victoria, amartillando el revólver.
En esa fracción de segundo, Dante no disparó su arma hacia Victoria. Sabía que el reflejo nervioso de su mano apretaría el gatillo contra Leo. En lugar de eso, Dante arrojó su propio cuerpo con una violencia brutal contra la mesa de cristal que estaba entre ellos, volcándola en el aire. El estruendo de los vidrios rompiéndose desvió la atención de Victoria por una milésima de segundo, y el disparo que ella soltó se desvió, perforando la cabecera de madera a centímetros de Leo.
—¡Ahora! —rugió Dante mientras se estrellaba contra ella, derribándola al suelo.
Me lancé sobre la cama como una leona, envolviendo a Leo con mi propio cuerpo mientras los disparos de los escoltas en el pasillo y el forcejeo en el piso ensordecían la habitación. Desaté las sábanas con dedos frenéticos, arrancando las cuerdas, y pegué a mi hijo contra mi pecho, cubriéndole la cabeza.
—¡Ya estás a salvo, mi vida! ¡Ya está mamá aquí! —le repetía una y otra vez entre sollozos, sintiendo sus pequeños bracitos aferrarse con fuerza desesperada a mi cuello.
En el suelo, la pelea duró apenas unos segundos. Dante le retorció la muñeca a Victoria con un crujido seco que le arrancó un alarido de dolor; el arma patinó lejos sobre la alfombra. Victoria quedó sometida contra el piso de madera, con la rodilla de Dante clavada en su espalda y su rostro deformado por la rabia y la impotencia.
—Suéltame, cabrón… ¡Suéltame! —chillaba ella, escupiendo sangre—. ¡No van a salir vivos de aquí! ¡Mis hombres…!
—Tus hombres ya están muertos o desarmados afuera, Victoria —respondió Dante, respirando con dificultad mientras dos de sus oficiales entraban a la habitación y le ponían las esposas de acero tras la espalda—. Se te cayó el teatrito. Y de esta no te saca ni todo el dinero del mundo.
Los hombres levantaron a Victoria en vilo. Al pasar junto a mí, me clavó una mirada cargada de un veneno insondable.
—Disfrútalo mientras puedas, hermanita —susurró con una sonrisa rota—. Porque la sangre de esta familia está maldita, y tarde o temprano, ese escuincle va a pagar las deudas de su padre.
—Llévensela —ordenó Dante con voz cortante—. Y entréguenla a la policía federal con todas las grabaciones del secuestro y los fraudes mercantiles. Asegúrense de que termine en una prisión de máxima seguridad donde no vuelva a ver la luz del sol.
Cuando la sacaron a rastras y los ruidos de forcejeo se apagaron en el piso de abajo, la habitación quedó en una calma sepulcral, rota únicamente por los sollozos apagados de Leo contra mi cuello.
Dante se quedó de pie en medio del cuarto. Tenía el traje rasgado, manchas de sangre en la camisa y la mirada fija en nosotros dos. Lentamente bajó el arma, la guardó en su funda y dio un paso tímido hacia la cama, como si temiera romper el momento o temiera que yo lo rechazara.
—Elena… —dijo con un hilo de voz, con los ojos anegados en lágrimas—. ¿Está bien? ¿Está herido?
Leo levantó la cabecita de mi hombro, con los cachetes empapados en lágrimas, y miró fijamente al hombre alto y descompuesto que temblaba frente a él.
—Tú eres el señor de las fotos… —dijo el niño con su vocecita inocente—. El que mi mamá mira cuando cree que estoy dormido.
A Dante se le quebró el alma en ese instante. Cayó de rodillas frente a nosotros, apoyando la frente contra el borde del colchón, y por primera vez vi al temido capo de Chicago romperse en pedazos, llorando con un dolor y una devoción acumulados durante años de mentiras y soledad.
—Perdóname, mi niño… —sollozó Dante, levantando una mano temblorosa que apenas rozó los deditos de Leo—. Perdóname por no haber estado ahí para cuidarte.
Leo, con esa bondad infinita que solo tienen los niños, estiró su manita libre y le tocó la mejilla ensangrentada.
Miré a Dante, y luego miré a mi hijo. Las mentiras del pasado habían dejado cicatrices profundas que jamás se borrarían por completo, pero la pesadilla por fin había terminado. La fortuna, el imperio y las sombras de Chicago quedaban atrás; lo único que realmente importaba estaba a salvo entre mis brazos.
—Vámonos a casa, Dante —le dije en voz baja, ofreciéndole mi mano—. Esta vez, los tres juntos.