
También tenía una pequeña cinta métrica.
Me midió la barriga con cuidado, introdujo algunos números en su teléfono y me tomó otra fotografía.
Entonces susurró:
“Por favor… que esta vez no sea demasiado tarde”.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.¿Demasiado tarde para qué?
¿Por qué me medía el vientre a escondidas como si fuera un objeto de estudio? ¿Y quién demonios era Emily?
Apreté los párpados con fuerza, conteniendo la respiración mientras sentía el roce helado de la cinta metálica contra mi piel. Me clavé las uñas en las palmas de las manos para evitar que un temblor delatara que estaba despierta. Daniel guardó la cinta en el cajón de su buró con un sigilo enfermizo, se deslizó de vuelta bajo las sábanas y, tras varios minutos de respiración entrecortada, finalmente se quedó dormido.
Yo no pegué un ojo en toda la noche.
Al amanecer, en cuanto escuché la regadera encenderse en el baño, salté de la cama. Sabía que tenía menos de diez minutos antes de que saliera. Me dirigí directo a su saco colgado en el respaldo de la silla. Tomé su teléfono con los dedos empapados en sudor frío. Tenía código de bloqueo, pero recordé la fecha grabada en el interior de su reloj: 14 de marzo. Introduje los seis dígitos y la pantalla se abrió al instante.
Fui directo a la galería. Ahí estaba la carpeta: «Emily».
Al pulsar sobre ella, la pantalla me pidió una segunda contraseña de cuatro dígitos. Mi mente se aceleró. ¿Qué fecha podía ser? Intenté con el año en que nos conocimos: error. El cumpleaños de su madre: error. Me quedaba un último intento antes de que el dispositivo se bloqueara por media hora.
El agua de la regadera se detuvo.
El pánico me atenazó la garganta. Miré la fecha de la primera fotografía que se alcanzaba a distinguir borrosa en la vista previa del álbum. Decía «0912». Nueve de diciembre. Marqué los números. La carpeta se desbloqueó.
Lo que vi me dejó sin aire.
No eran fotos íntimas ni recuerdos de una infidelidad. Eran cientos de fotografías médicas. Había placas de ultrasonidos, expedientes hospitalarios amarillentos y fotos del cuerpo de una mujer joven, acostada en una cama de sábanas blancas, con el vientre visiblemente inflamado, exactamente con las mismas marcas y medidas que Daniel había estado trazando sobre mí en las últimas semanas.
En la última imagen aparecía un acta de defunción a nombre de Emily Vance, fechada hacía exactamente siete años. Causa de muerte: hemorragia interna severa por un tumor ovárico de crecimiento fulminante que fue ignorado durante meses al confundirse con un simple aumento de peso.
Al pie de la pantalla, la última fotografía guardada era la mía, tomada apenas la noche anterior. Debajo de mi foto, Daniel había escrito en una nota del sistema:
«Día 42. El perímetro abdominal aumentó 3.8 centímetros en dos semanas sin variaciones en su dieta ni retraso en su ciclo. La asimetría coincide en un 90% con la fase dos de Emily. No puedo decírselo hasta tener la confirmación de laboratorio o entrará en pánico. Cita con el oncólogo programada para el viernes a las 10:00».
La puerta del baño se abrió de golpe.
Daniel salió envuelto en una toalla, secándose el cabello. Cuando me vio de pie junto a la ventana, sosteniendo su teléfono con las manos temblorosas y la pantalla aún encendida mostrando el expediente de Emily, se detuvo en seco. Todo el color se le borró del rostro.
—¿Quién es ella, Daniel? —le pregunté, con la voz rota y las lágrimas desbordándose por mis mejillas—. ¿Por qué me estás midiendo mientras duermo? ¿Por qué me tomas fotos como si fuera un cadáver en una morgue?
Daniel no intentó arrebatarme el teléfono. Dio dos pasos hacia adelante y, por primera vez desde que lo conocía, vi cómo se desmoronaba por completo. Cayó de rodillas sobre la alfombra, cubriéndose la cara con ambas manos mientras un sollozo desgarrador le sacudía el pecho.
—Emily era mi prometida… —balbuceó entre lágrimas, con la voz ahogada en un dolor que llevaba años pudriéndose en su interior—. Hace siete años, empezó a quejarse de hinchazón y cansancio. Me decía que sentía el estómago pesado. Yo le dije que no era nada, que solo estaba estresada por el trabajo y la boda… Me burlé, le dije que comiera mejor. Dejé que pasaran cuatro meses sin llevarla a un hospital.
Levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre y las mejillas empapadas.
—Cuando la llevé a urgencias, el tumor ya había reventado. Murió en el quirófano mientras yo esperaba en la sala de espera con su anillo de compromiso en el bolsillo. Los doctores me dijeron que si la hubiera llevado apenas dos semanas antes, la habrían salvado. Yo la maté por ciego, Sofía. Yo la dejé morir.
Me quedé inmóvil, sintiendo que el aire de la habitación se volvía de plomo.
—¿Y por qué me hacías esto a mí a escondidas? —pregunté, aún aturdida por la revelación.
—Porque hace un mes te vi tocarte el costado mientras preparabas el desayuno —susurró Daniel, levantándose despacio y tomándome suavemente de las manos, que no dejaban de temblar—. Te vi hacer la misma mueca de dolor que Emily hacía cada mañana. Empecé a notar que tu abdomen crecía de forma irregular, pero tú decías que solo era inflamación por el colon. Tuve tanto terror de que la historia se repitiera, tanto pánico de que creyeras que estaba loco o de causarte una crisis antes de estar seguro, que me comuniqué con el especialista que atendió a Emily. Le mandé tus registros, tus medidas diarias y las fotos de la curvatura para que las evaluara.
Daniel metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un sobre blanco sellado.
—Llegó ayer por la tarde —dijo con un hilo de voz—. El doctor me dijo que no es inflamación común. Tienes una masa quística compleja en el ovario izquierdo que está presionando los vasos sanguíneos. Tenemos que ir a cirugía esta misma tarde.
El silencio que siguió fue absoluto. Miré el teléfono en mi mano, miré el rostro desencajado del hombre que tenía enfrente y comprendí que detrás de cada foto clandestina, de cada susurro en la oscuridad y de cada noche de insomnio no había un monstruo ni una traición, sino un hombre roto por la culpa que estaba dispuesto a cargar con mi odio con tal de no permitir que la muerte me arrebatara de sus brazos.