
—Los guardias lo llevaron a la habitación de invitados del ala oriental. La señora Victoria ordenó que nadie entrara hasta que terminara la fiesta.
Rafael se puso de pie.
—¿Está encerrado?
Rosa bajó la mirada.
—La puerta está vigilada.
—¿Y qué hace?
Los labios de Rosa temblaron.
—Está llorando, señor.
Rafael cerró los ojos.
Durante un segundo volvió a escuchar aquel sonido roto que había atravesado el salón.
—Voy a buscarlo.
Rosa dio un paso hacia él.
—Hay algo más.
Arturo intervino.
—Rosa, suficiente.
La mujer lo ignoró.
—Recogí los restos de la copa antes de que los camareros limpiaran completamente el suelo.
Rafael la miró.
—¿Por qué?
—Porque Mateo no dejaba de señalarla.
El despacho quedó en silencio.
Rosa continuó:
—El pequeño no actúa de esa manera cuando quiere llamar la atención. Usted lo sabe.
Rafael sintió una punzada de vergüenza.
Porque, en realidad, ya no estaba seguro de saber casi nada sobre su propio hijo.
Había pasado demasiado tiempo lejos de él.
Demasiados viajes. Demasiadas reuniones. Demasiadas noches en las que se había convencido de que los mejores colegios y los médicos más caros podían compensar su ausencia.
—¿Dónde guardaste lo que recogiste?
—En la despensa fría. Separado de todo lo demás. La copa rota, el líquido que quedó y una servilleta manchada de vino.
Arturo dejó escapar una respiración impaciente.
—No estarán pensando que…
—No sabemos qué pensar —lo interrumpió Rafael.
Rosa miró el teléfono que descansaba sobre el escritorio.
—Quizás Mateo sí lo sepa.
Rafael volvió a tomar el aparato.
En la funda transparente había una pequeña fotografía doblada.
La extrajo cuidadosamente.
Mostraba a Sofía sentada sobre el césped, con Mateo en sus brazos cuando todavía era un bebé.
Al reverso había una frase escrita con tinta azul.
No confundas su silencio con ausencia de palabras.
Rafael reconoció inmediatamente la letra de su primera esposa.
Había olvidado aquella fotografía.
Había olvidado también cuántas veces Sofía le había repetido que Mateo comprendía todo, incluso cuando parecía distraído.
—Salgan —ordenó.
Arturo frunció el ceño.
—Rafael…
—Los dos. Necesito un minuto.
Cuando se quedó solo, Rafael se sentó en el borde del escritorio.
Miró la fotografía durante largo rato.
Tres años antes había perdido a Sofía en el derrumbe de la galería occidental del palacio.
El informe oficial lo había descrito como un accidente producido por el deterioro de una estructura antigua.
Una tragedia imprevisible.
Rafael había repetido aquellas palabras tantas veces que terminaron convirtiéndose en una verdad cómoda.
Pero aquella noche recordó algo que llevaba años evitando.
Dos días antes del derrumbe, Sofía había querido hablar con él sobre unas reparaciones.
Él se había negado a escucharla.
Su última discusión todavía estaba grabada en su memoria.
—No todo se resuelve firmando un cheque, Rafael.
—Y no todo se resuelve imaginando conspiraciones.
—Algún día vas a descubrir que el dinero no puede proteger a Mateo de tus decisiones.
Habían sido sus últimas palabras durante aquella conversación.
Rafael apretó la fotografía hasta arrugar ligeramente una esquina.
Después miró otra vez el teléfono.
En la pantalla bloqueada apareció una notificación de la aplicación que Mateo utilizaba para comunicarse.
Era un mensaje preparado horas antes y nunca reproducido.
Solo podían leerse las primeras palabras:
Papá, tengo miedo de…
Rafael sintió que la sangre se le enfriaba.
Alguien había asustado a su hijo antes de aquella noche.
Y él ni siquiera se había dado cuenta.
Cuando abrió la puerta del despacho, descubrió a Victoria esperando al otro lado.
Su esposa sonreía.
Pero tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—Cariño —dijo—, necesitamos hablar sobre lo que acaba de hacer Mateo.
Rafael sostuvo el teléfono de su hijo a la altura del pecho.
—Sí, Victoria.
Ella miró el aparato.
La sonrisa desapareció.
—Precisamente de eso quería hablarte.
—Entonces empieza por explicarme por qué tienes tanto miedo de este teléfono.
Victoria no respondió.
Y Rafael comprendió que acababa de hacer la primera pregunta que su esposa no había preparado cómo contestar.