
Durante cinco años, Marian creyó con toda el alma que había encontrado al hombre de su vida.
A sus treinta y cinco años, no sólo era una mujer brillante y respetada en el mundo de los negocios, sino que había logrado expandir la compañía de exportaciones marítimas que su padre le heredó al morir, convirtiéndola en un imperio consolidado. Era generosa, leal y profundamente entregada a su hogar. A su lado estaba Juan: carismático, impecable en su porte y siempre atento, un hombre que parecía rendirle devoción absoluta ante la mirada de toda la alta sociedad.
Pero detrás de esa sonrisa encantadora y esos trajes a la medida se escondía un pozo negro de avaricia y vicio.
Juan no amaba a Marian; amaba la vida de lujos desmedidos que el dinero de ella le permitía costear. Lejos de las oficinas corporativas, frecuentaba garitos clandestinos y mesas privadas de póker donde la adrenalina lo cegaba por completo. En menos de tres años, Juan acumuló deudas millonarias con prestamistas despiadados vinculados al crimen organizado. Estaba contra la pared: las amenazas de muerte llegaban a diario a su teléfono personal y los plazos se le vencían.
El plan de recurrir a un divorcio ni siquiera era viable; el padre de Marian, previendo que algún vividor intentara aprovecharse de su hija, había blindado legalmente la herencia con un contrato prenupcial irrevocable. En caso de separación voluntaria, a Juan no le tocaba ni un solo peso. Había una sola rendija en aquel documento: si Marian fallecía sin descendencia, los bienes y el control total de las cuentas bancarias pasarían directamente a su viudo legal.
Fue entonces cuando la codicia se transformó en un plan atroz.
Eligió una noche de tormenta cerrada. Juan la invitó a cenar a una hacienda restaurantera apartada, ubicada en los límites montañosos de la carretera vieja, un tramo solitario flanqueado por curvas cerradas y barrancos profundos que daban a un río de corriente brava. Durante la cena fingió una ternura inusual; le tomó las manos, le habló de planes a futuro y brindó por su amor.
En el viaje de regreso, en el punto más oscuro y desolado del camino, Juan frenó bruscamente a la orilla del precipicio. Fingió que el motor se sobrecalentaba y le pidió que bajara con él a revisar los faros traseros.
En cuanto Marian bajó del auto, dos hombres encapuchados salieron de la espesura del monte. Marian no tuvo tiempo ni de gritar: recibió un golpe contundente en la cabeza que la dejó semiinconsciente en el asfalto mojado. Antes de perder el conocimiento, vio a través de la lluvia la figura de Juan, de pie junto a la puerta del coche, mirando fríamente cómo los matones arrastraban su cuerpo inerte y lo arrojaban al vacío por el borde del acantilado.
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