
Durante las siguientes cuatro semanas, Leo se convirtió en la pieza clave. Sin levantar sospechas, comenzó a auditar las cuentas personales de su hermano, localizando transferencias millonarias a cuentas fantasma la misma semana del «accidente». Con la ayuda de un detective privado pagado en secreto, dieron con los dos delincuentes contratados por Juan, quienes, acorralados por la policía ministerial con pruebas irrefutables, confesaron hasta el último detalle a cambio de beneficios procesales.
La trampa final estaba lista. Solo faltaba que Juan cerrara la fosa con sus propias palabras.
La noche del enfrentamiento, el estacionamiento subterráneo de la torre corporativa estaba en una penumbra sepulcral. Juan caminaba aflojándose la corbata, con las llaves de su deportivo último modelo en la mano, listo para celebrar la firma de un contrato con el que pretendía liquidar la mitad de los almacenes portuarios.
Al acercarse a su coche, escuchó el sonido suave de unos pies descalzos sobre el concreto.
De la sombra de las columnas emergió Marian.
Llevaba un vestido roto manchado de hollín, el cabello enredado y las manos sucias cubriéndole un vientre abultado y evidente. Juan se quedó paralizado en seco; la sangre se le heló en las venas y las llaves cayeron al suelo con un eco metálico.
—Es imposible… —tartamudeó Juan, retrocediendo hasta topar con la cajuela de su auto—. Tú estás muerta. Yo… yo te enterré.
Marian lo miró con unos ojos oscuros, desprovistos de cualquier rastro de amor o compasión.
—Enterraste una caja vacía, Juan —respondió con una voz ronca pero cargada de una autoridad aplastante—. Te salió muy barata tu actuación de viudo desconsolado frente a las cámaras. Pero cometiste el error más grande de tu miserable vida: olvidaste asegurarte de que tuvieras un cadáver en las manos.
Juan tragó saliva con dificultad. El pánico inicial comenzó a mutar en una rabia desesperada. Miró hacia ambos lados del estacionamiento; no había nadie, las cámaras de seguridad del pasillo estaban convenientemente en mantenimiento. Su mente criminal volvió a activarse y una sonrisa desquiciada le torció la boca.
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