
Lo que yo creía que eran simples celos o “mañas” de un hombre acostumbrado a vivir solo, en realidad era el inicio de una jaula de la que me iba a costar mucho trabajo salir.
A la tercera semana de vivir juntos, la máscara de hombre tranquilo se le cayó por completo. Un viernes por la tarde, mi hija me llamó para invitarme a tomar un café cerca de mi trabajo. Hacía días que no la veía y acepté feliz. Se me pasó el tiempo volando platicando con ella y llegué a la casa apenas cuarenta minutos más tarde de lo habitual.
Cuando abrí la puerta, la sala estaba a oscuras. Él estaba sentado en el sillón, con los brazos cruzados y la mirada fija en la entrada. Ni siquiera me respondió el “buenas noches”.
—¿Se puede saber dónde andabas? —me preguntó con una voz fría que me heló la sangre—. Te marqué tres veces y no contestaste.
Le expliqué con calma que tenía el celular en la bolsa, que el ruido de la cafetería no me dejó escucharlo y que estaba con mi hija. Se levantó de golpe, se acercó a mí y me dijo algo que me dejó paralizada:
—Tú ya no vives con tu hija. Ahora vives conmigo, y aquí se respetan mis horarios. A mí ninguna mujer me va a ver la cara de tonto ni me va a dejar esperando con la cena fría.
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